La parroquia de Santa Teresa Jornet de Lleida acogió el 20 de septiembre la celebración diocesana de la 112ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, con una Eucaristía especialmente dedicada a los niños y a las familias, organizada por la Pastoral de Migrantes y presidida por el obispo Daniel Palau.
Este año, la jornada se ha celebrado bajo el lema escogido por el papa León XIV: «Incluso uno solo de estos pequeños», inspirado en las palabras del Evangelio de Mateo: «El que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe». Durante la celebración se recordó el llamamiento del Santo Padre a mirar más allá de las cifras o estadísticas para reconocer la dignidad única, la historia y el valor de cada niño y joven migrante.
Asimismo, el encuentro puso el acento en el mensaje del Papa, que recuerda que en cada niño acogido encontramos al mismo Señor e invita a todas las comunidades a superar la indiferencia y realizar gestos concretos de acogida, protección y acompañamiento hacia los más vulnerables.
Crónica de la jornada:
La 112.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado se ha celebrado este año en la Iglesia de Santa Teresa Jornet, bajo el lema «Incluso uno solo de estos pequeños», con una invitación a poner en el centro de nuestra mirada, oración y compromiso a los niños, niñas y jóvenes migrantes, especialmente a aquellos que viven situaciones de mayor vulnerabilidad y a los menores que realizan sus caminos migratorios sin acompañamiento.
La celebración, organizada por la Delegación de Pastoral con las Personas Migradas del Obispado de Lleida, con la presencia del Señor Obispo Daniel Palau y el Mosén Adrián Burca, ha reunido a personas de diferentes países y culturas, que hemos compartido una misma fe y una misma esperanza. A través de la celebración de la Eucaristía hemos querido recordar que cada persona tiene una dignidad única y que nadie debe quedar olvidado, especialmente los más pequeños.
Al principio de la misa hemos podido escuchar diferentes testimonios de personas migrantes procedentes de Colombia, México, Rumanía, Argentina, El Salvador, Honduras y otros lugares, así como la participación de jóvenes de Lleida. También las lecturas, el salmo, las peticiones y los diferentes momentos de la celebración han contado con la participación de personas de diversas procedencias, haciendo visible la riqueza de una Iglesia formada por muchas culturas.
En las oraciones de los fieles, jóvenes de diferentes países han elevado sus voces por los niños y jóvenes de sus lugares de origen y también por aquellos que viven en Cataluña. Se ha pedido por quienes sufren pobreza, violencia, guerras, desplazamiento, separación familiar, falta de oportunidades o situaciones de inseguridad, y por todos aquellos que se ven obligados a dejar sus hogares buscando un futuro mejor. También se ha pedido por una sociedad capaz de acoger, proteger e integrar a todos los menores, valorando la diversidad como una riqueza.
Uno de los momentos significativos de la celebración ha sido el ofertorio, lleno de símbolos. Se ha encendido una vela como signo de la Llama de la Esperanza, recordando que incluso uno solo de estos pequeños merece nuestra luz, nuestra atención y nuestro compromiso. También se ha presentado un globo terráqueo rodeado de banderas, como símbolo de las diferentes tierras y culturas presentes, con el deseo de que las fronteras puedan convertirse en puentes.
Las cinco velas de los continentes han representado la oración por los niños y jóvenes de África, América, Asia, Oceanía y Europa. También se han ofrecido una planta y unas semillas, símbolo de la acogida, la integración y el futuro: igual que una planta necesita tierra, cuidado y protección para crecer, los jóvenes migrantes necesitan comunidades que los reciban y les ayuden a desarrollar sus capacidades. Finalmente, se han presentado el pan y el vino, signos de la Eucaristía y del deseo de caminar juntos como una sola familia, sin fronteras.
La celebración ha contado también con un momento especial de canto y oración a cargo de jóvenes de Egipto, que han puesto música y voz a la esperanza compartida.
Después de la misa, hemos compartido un momento de convivencia y alegría, con cantos, bailes y un sencillo pica pica, disfrutando juntos de la riqueza de nuestras diferentes culturas.
Ha sido, en definitiva, una jornada para rezar juntos, escucharnos, celebrar la diversidad y recordar que cada persona, especialmente cada niño y joven migrante, tiene un valor infinito y merece ser acogido, protegido y acompañado. Una celebración que nos invita a seguir construyendo una comunidad donde nadie quede atrás y donde, verdaderamente, cuidemos de «incluso uno solo de estos pequeños».