Padre Francesc Palau Quer
Apasionado por la Iglesia
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En
lugar de permanecer hundido por
la dificultad, emprende el camino
de la historia con el corazón abierto para
servir, amar y esperar. En Barbastro recibió
el Presbiterado. Ayuda en las tareas parroquiales de su pueblo y
se retira a la llamada
Cueva del P. Palau,
en Aitona. Forma parte del grupo de misioneros que en aquella
época, -en Cataluña-,
tratan de reafirmar la fe
de los creyentes. Como la situación social es insostenible marcha hacia el exilio francés. Tiene 29 años. En
Francia permanece once, -los más importantes de su vida-
Allí vive en profunda comunión con
la Iglesia de su tiempo. Dedica considerables
espacios a la contemplación, mientras orienta y acoge
toda clase de personas que atraídos
por su firme y coherente personalidad, quieren vivir
el evangelio a
su estilo. Escribe en relación con esta etapa: Perdida la esperanza de morir en la lucha de mi pueblo, muy joven aún, al no poder soportar la llama del amor que me quemaba, decidí vivir solitario. Te llamé y no me respondiste; te busqué en el seno de las montañas, en medio de los bosques, sobre las cimas de las peñas solitarias.... y no te encontré. En las hermosas mañanas de la primavera, en las tardes serenas del estío, en las noches frías y heladas del invierno, dentro de las cuevas, sobre las cumbres de los montes, te busqué y no te encontré. ¿Dónde estabas? Dejó
Francia y se incardinó en el Obispado de
Barcelona, donde
se dedicó a atender
espiritualmente a los
seminaristas de
la diócesis, a formar en la fe
a personas adultas comprometidas
en el mundo laboral -en
aquel momento en el inicio de la
industrialización-. Acompañó también
a los
recién llegados en
barrios marginales. Mientras tanto, un grupo de
mujeres vivían el evangelio
-en nuestra diócesis-, orientadas
por él. La formación de adultos -llamada
Escuela de la Virtud-, llegó a ser modelo de
enseñanza catequética en
la Iglesia de Barcelona.
En poco
tiempo la
escuela crece, se
diversifica. Llega a ser
cátedra de enseñanza
superior. El impacto de la escuela se
hizo sentir muy
pronto en los medios
culturales, cristianos,
políticos y sociales. El P. Palau
movilizó en torno a esta
obra las
fuerzas eclesiales de la
ciudad, incluso la
prensa. Tanto en Barcelona como
en Madrid sabían,
con antelación,
el tema que
se trataría
y el trabajo que
se realizaría. El éxito
hace que su director piense
en extender esta especie de catequesis a otras ciudades del
Estado. Los
sectores anticlericales y
revolucionarios de
Barcelona, se
dan cuenta
de que el P. Palau les está ganando terreno entre la
clase proletaria.
Movilizan la prensa sectaria y multiplican sátiras y calumnias contra
la escuela.
La culpan de las huelgas laborales. La autoridad
militar la
cierra y destierra al P.
Palau. Es el año
1854. La misma suerte que él,
corre el Obispo de la ciudad. Por
otro lado los grupos
femeninos de Lleida quedan suprimidos.
Tú me salvaste
la vida
porque me tenías preparado
otro martirio, mil veces más
cruel -rumió el P. Palau al
dirigirse a la Iglesia-. . Llega
a Ibiza, prisión del Estado,
calumniado, perseguido y vigilado.
Afronta la difícil
situación, calla, reza y
deja que pase el
tiempo. Rehace su estilo vocacional: de la soledad al servicio
apostólico y de
éste al silencio
contemplativo. Son coordenadas vocacionales.
Los seis
años de
destierro, poco a poco se
convierten en un regalo de Dios.
El P. Palau crea el santuario mariano de la isla, preside misiones que
mejoran las costumbres
de la
población, lleva una vida sobria, de
plegaria y de
fraternidad y desde estos
presupuestos acompaña a la
gente sencilla que solicita su
ayuda para el camino de la existencia. Hombre honesto
y valiente pide su libertad porque no hay motivos
para vivir como un malhechor. Incluso
escribe a la reina
con este
objetivo. Más tarde descubre el
misterio de la Iglesia
y se entrega
totalmente a
su servicio. Y como
consecuencia de este descubrimiento
da vida
a su
familia religiosa: hijas e
hijos. Ellas/ellos llevarán
su antorcha vocacional
a través
del tiempo y
de las
culturas. Ahora, son
las carmelitas misioneras
y las carmelitas misioneras teresianas. La
Iglesia centrará su amor;
ella asentará
y armonizará
su vida entera
y será
punto de convergencia que dará
unidad a su
itinerario espiritual y a su
actividad apostólica. Querida
Iglesia -anota el P. Palau-
estabas tan cerca de mí y
yo no lo sabía! Estabas dentro de
mi mismo
y yo
te buscaba tan
lejos. Porqué no te hiciste
visible? Pasados cuarenta años
en tu
búsqueda, te encontré. Te encontré
porque tú
me saliste
al encuentro, y te encontré
porque tú te
diste a conocer. Es
un buen predicador
y un valorado confesor. Recorre
numerosas ciudades: Palma de Mallorca, Madrid,
Barcelona, Ciudadela, el
Alto Aragón. Hasta en la corte piden su presencia. Preside novenas,
misiones y otras jornadas de
reflexión y plegaria. La última etapa de u existencia se dedica a atender a la gente marginada. En Barcelona, acoge, en su casa, personas enfermas en el cuerpo y en el espíritu. Son trabajadores de la industria textil que no pueden soportar el exceso de trabajo ni la escasez de alimentación, higiene y afecto. El P. Palau les acoge, les escucha y reza por ellos. Con sus colaboradores y con sus enfermos se ve metido en la cárcel, y allí permanece días que se hacen años. Así demuestra su profundo amor a la Iglesia: Y ahora que te he encontrado, te amo -añade-. Tú lo sabes. Mi vida es lo menos que puedo ofrecerte en correspondencia a tu amor. La pasión del amor que me devora, encontrará en ti su pábilo porque eres tan bella como Dios ... Mi corazón ha sido creado para amarte. Aquí lo tienes. Es tuyo. Ya no es cosa mía sino propiedad tuya. Porque te amo, dispón de mi vida... y de todo lo que soy y tengo. Es
el fundador de los hermanos
de la Enseñanza y de las
hermanas terciarias
de la Virgen del Carmen. Hoy son dos congregaciones:
Carmelitas Misioneras Teresianas
y Carmelitas Misioneras. Su
último servicio es la atención
a los
apestados de
Calasanz. Les atienden sus hijas, pero han
resultado afectadas
por la
enfermedad. El
P. Palau muere en Tarragona
el 20 de
marzo de 1872. Sus restos
mortales están en la capilla de
la casa madre de las
Carmelitas Misioneras
Teresianas en Tarragona. Sus últimas
palabras son un lamento: Dios
mío!. Habéis cambiado mi suerte.
Había
anhelado vivamente el
martirio y muere en la
cama, rodeado de los que le aman. Es ahora en este paso, que ha vivido
la realidad, tantas veces
presentida: Que
delicioso es el descanso en los brazos de
una madre virgen tan
limpia como es la Iglesia triunfante. El Papa Juan Pablo II, le declaró beato el 23 de abril de 1988. El día de su fiesta litúrgica es el 7 de noviembre. |