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Homilía en la Misa Funeral del P. Mihai Diac Los designios de Dios son impenetrables. Sus caminos no son nuestros caminos y sus planes no son los nuestros. La muerte de una persona cercana, querida, entregada y eficaz suscita muchos interrogantes: "¿Por qué Señor? ¿Por qué ahora? ¿Por qué él, joven sacerdote, que tanto bien podía hacer aún en esta vida? El domingo, por la tarde, el sacerdote Mihai Diac, de 33 años, que había venido, hace año y medio, desde Rumania para atender las necesidades religiosas de sus compatriotas, numerosos en nuestra ciudad y alrededores, y, en general, para ayudar en las necesidades pastorales de nuestra diócesis, moría, víctima de un accidente, cuando iba hacia Zaragoza para celebrar la Litúrgia con los católicos rumanos de aquella ciudad. Murió, por tanto, en un acto de servicio. Todavía en los inicios de su vida sacerdotal, con sólo seis años de sacerdocio, Dios le ha llamado para que, en Cristo, su sacerdocio intercesor sea eficaz a los católicos rumanos y a nuestra misma Diócesis, al servicio de la cual había entregado su vida sacerdotal. Llevaba año y medio entre nosotros y se ganó la estima y el aprecio de todos, por sus virtudes humanas, cristianas y sacerdotales: sencillez, bondad, alegría, disponibilidad… Ante este acontecimiento, sometemos confiadamente nuestras preguntas al misterio de Dios, en quien creemos y esperamos. Él es el Padre del cielo, nuestro origen y nuestra meta, nuestro creador y salvador, nuestro compañero de camino y nuestro descanso eterno. Sólo Dios, insondable en sus juicios e infinito en su misericordia, puede dar la respuesta a las preguntas que dolorosamente suscita la muerte de Mihai. Dios responderá cumplidamente a su tiempo a nuestras inquietudes. Mihai era un sacerdote siempre dispuesto a servir con una sonrisa estimulante y desarrolló su actividad sacerdotal durante cuatro años en Rumania y casi dos aquí, dedicándose especialmente a la transmisión de la fe a los niños, adolescente y jóvenes, inculcando la comunicación de cada persona con Dios a través de la catequesis adecuada. La lectura que terminamos de escuchar como discípulos del Señor, tomada de la primera carta de San Pedro, es una bella bendición: "Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo, nos ha hecho nacer de nuevo, para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en los cielos" (1ª Pe 1, 3-4). Al nacer recibimos una medida de tiempo, en que podemos razonablemente proyectar nuestra esperanza; pero por la victoria de Cristo sobre la muerte, nuestra esperanza se ha dilatado hacia el infinito. En Jesucristo resucitado, con quien estamos en comunión por la fe, el amor y la esperanza, nuestra meta es la vida eterna, el cielo, la felicidad plena, sin miedo a perderla. Nuestra herencia es inmarcesible; su flor no pierde fragancia ni su frescura se marchita. Pedimos a Dios para Mihai el premio de sus obras, el descanso de sus penas y la alegría plena que no conoce disminución. Confiamos que ha escuchado ya la invitación del mismo Dios. "Entra en el gozo de tu Señor". "Alegraos por ello, aunque de momento, tengáis que sufrir un poco en pruebas diversas" (v 6). La Palabra de Dios nos invita a la alegría. La alegría de quien se sabe en manos de Dios. La fe en Dios, en quien Mihai se apoyaba, irradiaba un resplandor en su espíritu. Al verle siempre alegre y optimista, uno pensaba "¡Qué dicha es creer!". En él se cumplía lo que nos dice San Pablo: "El Dios de la esperanza os colme de gozo y paz en la fe, para que por la fuerza del Espíritu Santo, desbordéis de esperanza" (Rom 15, 13). Queridos hermanos, la fe es la luz potente que puede iluminar hasta las tinieblas más densas; por eso, podemos decir, que la fe nos otorga la victoria (cfr. 1 Jn 5, 4). Agradezcamos a Dios el que Mihai nos haya dado este testimonio tan genuinamente cristiano. Y hoy demos gracias a Dios por la vocación sacerdotal de Mihai que le llevó a entregar su vida, como sacerdote, al servicio de sus queridos rumanos, al que se entregó con total generosidad y con una abnegada colaboración con Cristo el Buen Pastor, apacentando a su pueblo. Y debemos agradecer a los padres de Mihai su generosidad en ofrecer su hijo a Dios. ¿Qué ilusión mayor pueden tener unos padres que el poder ofrecer sus hijos a Dios para que sean sacerdotes? Mihai ha cubierto ya su carrera, ha mantenido la fe, ha llegado a la meta. Confiamos que haya recibido ya la salvación plena de Dios, que todo lo puede. Participamos en esta Eucaristía, que es el sacramento de la Pascua de Jesucristo, recordando a nuestro hermano. Fue ungido por el sacramento del Orden, para bendecir y perdonar, anunciar la esperanza y acoger a los desalentados. La Madre de Dios, se abrió enteramente al Espíritu Santo. Se puso sin reservas a disposición de los caminos de Dios, acompañó a su Hijo Jesús desde su concepción hasta la cruz y la glorificación. Que ella muestre ahora a Mihai el fruto bendito de su seno. ¡Que María mantenga el ritmo de nuestra esperanza! +Francesc Xavier Ciuraneta |