Un año como obispo de Lleida

 

Entrevista a monseñor Joan Piris 

Departamento de los MCS de la diócesis de Lleida: Josep Alexandre Baró

Nuestro obispo diocesano, Monseñor Joan Piris Frígola, hace un año que está entre nosotros, leridanas y leridanos. Un año durante el cual ha conocido a muchas personas, escuchado muchas voces y recibido muchas informaciones. Un tiempo en que ha observado la realidad y compartido historias y vivencias ... y algún dolor de cabeza.

¿Sr. Obispo Joan, cómo ha estado este primer año? ¿La salud, cómo se encuentra?

Bien, mi salud es bastante normal, aunque siempre tenemos alguna gotera.

Y después de un año, ¿como ve el futuro: qué líneas, qué ejes de acción pastoral se pondrán en movimiento?

Ahora vamos a dar algunos pasos. Digo en plural, porque no quiero hacerlo yo solo, no es solo cosa mía, sino de todos. He escrito una carta pastoral, con el título: "Para todos y para el bien de todos". Tendremos ahora una reunión del Consejo pastoral y allí la presentaré. La cuestión sería de mirar el futuro, con un poco de esperanza, sin lamentarnos demasiado. Porque, a veces, perdemos el tiempo mirando atrás. Y también con espíritu esperanzado. Tenemos que tener, sin embargo, conciencia de que no somos nosotros solos quienes llevamos la Iglesia, el Señor tiene más interés que nosotros.

De una manera más concreta, a partir de esta carta pastoral, ¿nos podría ya adelantar unas líneas, algo que nos abra el apetito?

Las palabras son siempre palabras. Pero hay una que es muy significativa, que es un eje: la sinodalidad, hacer entre todos, caminar juntos. Para mí, hay otra cosa que yo quiero señalar con mucha fuerza: tenemos que ser complementarios: todos no lo podemos hacer todo, no todos lo sabemos hacer todo, ni podemos prescindir de nadie. Eso sería otro eje. No hay nadie tan pobre que no tenga nada que aportar a la comunidad. Habríamos también de hacerlo todo con espíritu de pobre, como levadura que permita fermentar. Y en espíritu eclesial. Otra cosa que me interesa decir: siempre vinculados a esta sociedad que tenemos que servir. Tenemos que tocar de pies en el suelo.

A mí me gustaría que en esta iglesia, a la cual me han enviado, se hablara más de Jesús. Y menos de otras cosas. Se discute mucho de muchas cuestiones, pero de Jesús se habla poco. Si no hablamos, como primer nivel, de Jesús, lo demás no tiene fundamento.

 

Caminar juntos 

Cuando hablamos de Jesús, ¿cómo se traduce después en la realidad, de manera que todos, los unos y los otros, se sientan realmente integrados en una acción común? Me refiero al sacerdocio de los fieles, de los bautizados. ¿Hay una coherencia entre el anuncio de Jesús, y las consecuencias?

Eso quiere decir que cada uno tiene que ocupar su sitio. No hay razón para que los laicos ocupen el lugar de los sacerdotes y los sacerdotes los lugares de los laicos. Por eso decía aquello de la complementariedad; lo contrario es dar la vuelta a la tortilla: ahora una iglesia clerical y ahora una iglesia laical ... Pues no. Ni una cosa ni la otra. Yo encuentro que el secreto estaría aquí, pero tenemos que aprender a caminar juntos, después de muchos siglos con otra mentalidad, otro estilo y praxis.

Caminar en sinodalidad. Para muchos creyentes, no obstante, la cuestión es el cómo caminamos.

Justamente, es esto lo yo pido: hagámoslo entre todos, busquemos entre todos una respuesta, no sólo criticando la solución que dan los unos o los otros ... los de un signo o los de otro signo ... Pero cuándo se dice "una línea": ¿qué línea quieres? ¿La tuya o la mía? La de Jesús. Y busquemos entre los dos a ver si la tuya y la mía están de acuerdo con la de Jesús, si no continuaremos igual.

En la realidad cotidiana, me parece que falta ... bien, digamos una política de consenso, es decir, una manera de comportarse los unos y los otros que busca el consenso, no aquello de decir: es así y se ha acabado.

El consenso en la Iglesia supone también la no exclusión de nadie. Yo percibo que los que quieren un cierto consenso es: venid a mí; y los que no piensan como yo, que se aguanten. Pues no. Claro, eso quiere decir mucha paciencia, es también la política del educador que va paso a paso, al ritmo del más pobre, del más lento, no del presuntamente más progre. No, todo eso no ayuda a avanzar, más bien ayuda a dejar a muchos en la cuneta, al margen. Y eso también sería responsabilidad mía, de pastor, que tengo que ser signo de unidad, tengo que promover la comunión y, por lo tanto, no me tendría que decantar.

Leía hace unos días a un teólogo que decía del ministerio del obispo que tendría que salvaguardar la diferencia para evitar toda división.

Evitar la división es aceptar que somos diferentes, que no podemos ser todos iguales, que Dios no nos ha hecho a todos iguales. Evitar la división significa que todo tiene que caber, pero con juicio, con criterios. ¿Quién da los criterios para decir hasta aquí podemos llegar y hasta aquí no? Eso me correspondería a mí; y no quiero hacerlo a solas. Por eso están los organismos diocesanos, los equipos de trabajo, de colaboradores. Pero a menudo, las decisiones se toman en soledad.

 

No me siento solo

Conoce aquella historieta, que parece verídica. El Papa Pablo VI decía un día a su Secretario de Estado, el cardenal Villot: "Oh Eminencia, que solo se siente el Papa cuando tiene que tomar decisiones importantes". Y el cardenal Villot le respondió: "Santidad, Usted no está en absoluto solo. Tiene el colegio de obispos de todo el mundo". De igual manera, un obispo en una diócesis tiene sacerdotes y colaboradores laicos. Y eso me parece que existe de manera clara en Lleida.

Yo no me he sentido solo durante este año en Lleida. Pero a la hora de tomar ciertas decisiones, solamente puedo decir sí o no, sabiendo que los que te han ayudado no todos están de acuerdo con eso. Soledad en este sentido: tengo que tomar yo esta decisión, no lo tienen que tomar ellos.

El mensaje creo que está claro y espero que todos comprenderán estos ejes. Hablemos ahora, Señor Obispo, de alguna decisión que se ha tomado en la diócesis. Por ejemplo, esta semana han llegado y hemos acogido a tres sacerdotes y un seminarista que vienen de Cali, Colombia. Supongo que es una decisión episcopal, pues es el obispo quien tiene que prever estas cosas, ¿no?

Pero no de manera unilateral, aunque la decisión ha sido mía. La necesidad de complementarse también va por aquí. Cuando aquí en Lleida no hay suficientes sacerdotes o el nivel de edad es preocupante, tenemos que mirar para acá o para allá. Cuando, en febrero, yo fui a visitar los sacerdotes leridanos que están en Calí, no iba de forma premeditada a pedir dos, tres o cuatro sacerdotes. Iba a visitar a nuestros sacerdotes, y a algunos obispos y seminarios para ver si había alguna posibilidad de ayuda.

La primera reacción del arzobispo de Calí fue: Esto lo hemos de plantear en estricta justicia, porque ustedes vinieron aquí cuando no teníamos nada y nos ayudaron mucho. Ahora que ustedes tienen alguna necesidad voy a ver si encuentro una posibilidad de ayuda”. Y entonces vino la discusión de sí dos, tres, cuatro. De momento han venido tres. El seminarista fue de rebote. Aquí tenemos un solo seminarista que le falta un año para acabar. Los jóvenes de Lleida, a quienes llamamos con diversas tonalidades, parecen, de momento, que no dan respuesta, ¿por qué no dar lugar a otros?

Esperamos que sea una cosa bien positiva para la diócesis.

 Confío, porque la sociedad de Lleida es multicolor. Tenemos mucha emigración y mucha gente de otros países. Me alegro también que hayan venido sacerdotes para atender a los rumanos o a los ortodoxos. Yo no tengo problema que vengan sacerdotes de otros lugares. Ara bien, que tampoco vengan aquí a hacer turismo.

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