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Las obras de misericordia (2)

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Prop de vosaltres (Bisbe Salvador)
Producció
Data publicació: 
20/03/2016
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Dar de comer al hambriento

Parece que el problema del hambre en el mundo es una trágica realidad que no acaba de encontrar solución. Contemplamos en la actualidad la injusticia en la distribución de los alimentos. Algunos vivimos totalmente satisfechos y tenemos de todo en nuestras despensas y muchísimos sufren por no disponer de un mendrugo de pan para ellos o de un vaso de leche para sus hijos. Hay informes y estudios que corroboran con detalle esta situación. Algunos se preguntan cómo es posible que los avances tecnológicos en todos los órdenes no hayan eliminado esta tragedia que sufren muchos pueblos de esta tierra. A veces nos consolamos con una gran dosis de inconsciencia afirmando que siempre ha sido así. Y eso puede adormecer nuestra conciencia y disminuir nuestro compromiso con los hambrientos.

El cristiano, desde lo más profundo de los mandatos del Señor, está obligado a compartir su pan con quien lo necesita. No hay ningún tipo de excusa que justifique la impotencia de no ver saciado a todo prójimo. Seguramente es el aspecto más elemental de nuestra práctica cristiana y la prueba más evidente del seguimiento del Señor que nos lo recuerda y manda constantemente. Si no partimos y compartimos nuestro pan, desobedecemos el mandato de Jesucristo. Y nos pedirá cuentas por ello.

Recordamos algunas referencias bíblicas: Dn 4,24; Tob 12,9;  Ez 18,5.7; Is 58,7.8.10-11; Mc 6,37; Lc3,11; St 2,16-17; 1Pe 4,8.

En nuestra diócesis muchas personas y organizaciones trabajan para aminorar los efectos del hambre en el entorno y en el mundo entero. Los grupos parroquiales de Cáritas distribuyen cada semana una gran cantidad de alimentos. Manos Unidas o Jericó no hacen otra cosa.

Que nadie dude en participar en la eliminación de esta injusticia local y mundial. No importa la edad, cultura o condición social. Se trata de cambiar el corazón para atender al hambriento.

Dar buen consejo al que lo necesita

En un plano estrictamente individual hay momentos en la vida en que la incertidumbre, el caos o la oscuridad se hacen dueños de nuestro interior. Necesitamos un buen consejo, una luz que nos siga iluminando el camino para tomar las mejores decisiones que favorezcan nuestro propio crecimiento espiritual y la felicidad de nuestros hermanos. En el plano social existen gran cantidad de personas que se arrogan, y nos quieren convencer de ello, el derecho de aconsejar valiéndose de las cartas, de las bolas de cristal o de pretendidos estudios psicológicos. Por no hablar de la enorme cantidad de consejos de toda índole que emiten informes o marcan la trayectoria de empresas privadas u organismos públicos. Da la impresión de que en la actualidad necesitamos buenos consejeros para no errar en la toma de decisiones.

Leed algunos consejos en estas referencias bíblicas:  Num 16,2; Sal 14,6; Tob 4, 18; Job 5,13; Ez 11,2; Mt 5,44; Mt 6,25. 33.

En el ambiente eclesial en que nos movemos el recurso a buenos consejeros es de una gran facilidad. Para discernir sobre los consejos recibidos nos hemos de fijar en quien nos los ofrece; sólo se necesita mucho amor y gran misericordia hacia quien los pide. El padre, los maestros, los directores espirituales, los confesores… Todos aquellos que saben y quieren escuchar de forma desinteresada procurando despejar la incertidumbre y la oscuridad en la vida del otro con vistas a construir un mundo menos egoísta y más fraterno.

+Salvador Giménez

Obispo de Lleida