Pregón de Corpus Christi - 2008

 Hno. Benet Arbués, marista, delegado de Cáritas


 LA EUCARISTÍA: GRATUIDAD Y COMPROMISO
 

Recuerdo una anécdota relacionada con un buen amigo mío, entusiasta, hombre de fe y de fuertes convicciones que en sus charlas y su manera de actuar mostraba pasión por la vida y por el evangelio. Después de una charla a universitarios, uno de ellos comentaba espontáneamente: Le he entendido pocas cosas pero me ha convencido porque siente lo que dice”.

Hoy me gustaría ser poeta para expresar el profundo sentido de la celebración del Corpus Christi en torno de la Eucaristía. Los poetas fascinan con sus palabras y consiguen comunicar convicción y pasión por aquello que proclaman. Después de oírles no es fácil recordar sus palabras pero sí que queda el fuego ardiente de sus convicciones.

Me gustaría ser poeta para simplificar el lenguaje teológico sobre la Eucaristía y con la poesía invitar a cantar y enaltecer el misterio de la presencia de Cristo en el pan y el vino consagrado; para avivar la fe y el corazón de los cristianos en el misterio eucarístico que se ha de creer, celebrar y vivir.

Me gustaría ser poeta para contemplar y cantar el recuerdo de la Cena del Señor, de aquel momento que “tan ardientemente” había deseado Jesús celebrar con sus apóstoles. Era el momento emocionante de su despedida, pero no quería dejarnos huérfanos. E hizo un milagro grandioso, el de la Eucaristía. Para Jesús fue la primera y única eucaristía celebrada. Para nosotros empezaba el regalo interminable y permanente de su presencia. Haced esto en memoria mía … Cada vez que hagáis esto, hacedlo en memoria mía.

Me gustaría ser poeta para contemplar y cantar la fuerza interior de las eucaristías vividas en la clandestinidad de una casa, detrás de las rejas de una prisión, en una catacumba o la celebrada por un grupo de cristianos que optan por animarse a vivir la fe en una comunidad de base, que orientan su vida haciendo que Jesús sea el centro y su razón de ser y en la eucaristía encuentran el alimento para comprometerse para la paz, la justicia, la solidaridad, porque quieren al mundo y sueñan que es posible otro mundo.

Únicamente con la cabeza no entenderemos nada de Dios. Para “celebrar la eucaristía” lo que hace falta es la fe, no la poesía. Pero, en este caso, la fe no se puede vivir, sentir y respirar si no somos poetas, y si no tenemos corazón. Cuando los primeros cristianos salían de “una celebración”, los paganos comentaban: “mirad como se quieren”. Es una utopía, ciertamente. Pero toda utopía es poesía y empieza con un sueño.

  • Por un momento os convido a recordar alguna celebración eucarística que guardéis profundamente en vuestro corazón y que el paso del tiempo no ha borrado. Contemplad la experiencia; mirad los rostros, el lugar, .. recordad que pasó en aquella eucaristía...


1. Principios importantes para celebrar la “cena del Señor”

Para que la Eucaristía sea realmente expresión y fuente de nuestra experiencia de Iglesia, tenemos que ser capaces de superar una lista de excesos y deformaciones que cometemos en relación con “la cena del Señor”. Sin este primer paso, que supone una toma de conciencia y un reconocimiento de la responsabilidad que todos tenemos, corremos el peligro de creer que aquello que habitualmente celebramos y vivimos es “normal y natural”. Con frecuencia se nos come la rutina y no tendríamos que caer en algunos de los siguientes peligros:

El consumismo sacramental. Descuidamos el antes y el después, es decir, la vida que avala la autenticidad de la celebración. La centralidad del seguimiento de Jesús queda desplazada por el cumplimiento de una serie de rituales. Esto no es nuevo: recordamos las críticas de los profetas, como Amós e Isaías, que después fueron recuperadas por Jesús, para separar la fe de la vida; el rito, de la existencia. Por lo tanto, será un problema, si cerramos la eucaristía a ciertos espacios, a ciertos tiempos y no prometemos que sea expresión de nuestra vida e impregne toda nuestra existencia; si la presencia transformadora del amor de Dios no cambia a la persona y, aun, no le espolea en la transformación de la sociedad.

La superficialidad sacramental. Intuimos que existe un divorcio litúrgico entre el culto y la vida, un divorcio en las fórmulas, en las peticiones o en las homilías…. Recorriendo a palabras y a expresiones que nos suenan extrañas, alejadas de la experiencia cotidiana. Si esta misma separación se da entre la fe y la vida, pasa que la historia –la mía, la de mi sociedad y la del mundo – no tiene cabida, no encaja en las celebraciones, y los ritos con todos sus signos, gestos e invocaciones, se vacían de contenido. Son muchos que al celebrar su fe se olvidan de la vida diaria y, al celebrar la vida, se olvidan totalmente de la fe. Las dos deben caminar muy juntas.

El individualismo pasivo diluye la identidad de la comunidad y la deja con frecuencia en vías de extinción: recordemos que la eucaristía es encuentro entre hermanos y hermanas movidos por la misma fe.

  • Los cristianos de Lleida, celebramos la eucaristía o nos contentamos con “escuchar” pasivamente la misa?

A pesar de las diferentes reformas litúrgicas que ha habido a raíz del Vaticano II, sigue predominando una excesiva expresión a las normas y rúbricas, limitando enormemente las posibilidades que ofrece la riqueza de la litúrgica en su conjunto. Parece como si lo importante, lo que da profundidad y autenticidad a nuestras celebraciones no es la capacidad de integrar fe y vida, sino el escrupuloso cumplimiento de las normas litúrgicas. Y así, nuestras celebraciones parecen siempre repetitivas y monótonas, con poco espacio para la creatividad, encasilladas en unas formas desde donde resulta difícil salir sin creer que se comete una grave infracción.

Nos parece importante que las comunidades cristianas recuperen para nuestras eucaristías, entre otros, algunos de los siguientes aspectos significativos:

  • Integrar fe-vida: la posición que Jesús adopta por lo que se refiere al culto se sitúa en la misma línea que los profetas, pero más radicalizada.

  • Asumir el protagonismo perdido, la participación de la comunidad. De la misma manera que se afirma que sin eucaristía no hay comunidad cristiana, podemos decir que sin comunidad se desvirtúa el profundo sentido de la Última Cena. Olvidar que la Eucaristía es, sobre todo, la reunión de hermanos y hermanas, el banquete fraterno y de comunión en Cristo, es olvidarse de su identidad más profunda.

  • Recuperar y acentuar la proyección de la caridad y del compromiso social de la Eucaristía. El P. Aldazábal, en “Eucaristía y fraternidad”, se preguntaba: “¿Puede haber Eucaristía sin fraternidad?”

2. Vida en la eucaristía:

La Eucaristía es gratuidad y compromiso. Es un don de Dios para la vida del mundo.

En la celebración de la Última Cena hay una cosa que nunca podremos olvidar: los seguidores y seguidoras de Jesús no quedarán huérfanos. La muerte de Jesús no rompe la comunión con Él, nadie tiene que sentir el vacío de su ausencia. Sus discípulos no se quedan solos, a merced de los avatares de la historia. En el centro de toda comunidad cristiana que celebra la Eucaristía está Cristo vivo y operante. Aquí radica el secreto de su fuerza.

Por eso, el desafío en este campo de espiritualidad eucarística, no está en “pasar por la Eucaristía”, sino que la Eucaristía “pase para nosotros”. 

  • Por nuestras experiencias personales.

  • Por nuestras realidades eclesiales.

  • Por las realidades sociales del mundo, - también nuestro.

Afirmar que la eucaristía es la fuente de la comunidad cristiana no puede quedarse en una bonita frase. Tenemos que pasar de la afirmación a la vida, de las palabras a los hechos, conscientes de que son necesarios una serie de “requisitos” porque “nuestra fuente” no se quede en un simple planteamiento teórico o en un ideal bien intencionado.

“¿Como es posible – se pregunta A. Paoli – que, en países de mayoría católica, mucha gente piadosa que frecuenta la Iglesia, que todos los días recibe la Eucaristía y que habla de Cristo y adora a Cristo, viva indiferente ante la injusticia y la desigualdad y, todavía más, contribuyan con sus opciones políticas y económicas a mantener cada vez más la desigualdad y la injusticia?”

No me considero capaz de contestar a la radicalidad de esta pregunta. Me la planteo a mi mismo y se la ofrezco a ustedes. Únicamente pretendo provocar una reflexión personal y para los grupos cristianos. Por descontado que no me conformo en la respuesta fácil de que la Eucaristía tiene un valor por si misma. Puede haber respuestas reales que apunten a la falta de ánimos, al desencanto de los cristianos en Cataluña y en el Estado Español.

Si hiciéramos una especie de catequesis de las partes en que se divide la celebración eucarística, veríamos que cada una nos remite a la vida misma. Una verdadera espiritualidad eucarística encarnada, abarca una serie de dimensiones necesarias en la vida para crecer como seguidores de Jesús y construir historia en el proyecto del Reino.

Está unida a la ACCIÓN DE GRACIAS: acción de gracias que tributamos a Dios, no sólo por la gran historia de la salvación y por el hecho de Cristo, que es el primero, sino también por nuestras pequeñas historias que tenemos que leerlas y vivir en el interior de la historia de la Salvación.

Está unida también a la COTIDIANIDAD, al vivir diario. Jesús al hacerse presente en el pan, se hace para nosotros “el pan nuestro de cada día”. La cotidianidad tiene un valor incalculable porque para nosotros, los cristianos, es el lugar de la santidad y desde donde se construye el Reino.

Está unida, ahora, a una ACTITUD DE OBLACIÓN, manifestada en el ofertorio. Es la reciprocidad del amor: de un Dios que se nos entrega y de nosotros que nos entregamos a Él y a los hermanos, desde la gratuidad: “ofreced vuestras vidas como hostias vivas”. En la Eucaristía no solamente ofrecemos el pan y el vino, al mejor estilo de Cristo que ofrece su vida a Dios y a los hombres, sino que nos ofrecemos nosotros mismos. Es el sentido oblativo de la vida: nos descentra de nosotros mismos y de nuestros intereses y nos lleva a darnos.

Está unida también, al MISTERIO: ¡Este es el misterio de nuestra fe”. A nosotros nos toca acoger el Misterio, experimentarlo, vivirlo. Por eso son necesarios estos momentos de silencio y de interiorización: no todo puede ser palabra y ruido.

En esta acogida silenciosa estamos invadidos por el misterio de Cristo y vamos siendo configurados con Él. 

3. Una mesa abierta a todos

Por todas partes escuchamos llamadas que nos urgen a trabajar para que en la mesa del mundo haya lugar para todos y para que sus recursos estén al alcance de todos. Y soñamos con una Iglesia que sea un hogar abierto, donde se comparta el Pan y la Palabra y donde se haga lo mismo que hizo Jesús: acoger a todos en la mesa de su Eucaristía y de su amistad.

Tenemos la suerte de contar entre nosotros con familias que han tenido que abandonar sus países de origen y que hacen estos trabajos que ya casi nadie acepta: limpiar nuestras casas, cuidar de nuestros ancianos, trabajar de albañiles o en la fruta y de nuevo emprender la vuelta a los barrios marginales empleando en el desplazamiento el resto de la energía que les queda. Su presencia nos enriquece con los valores de otras culturas y costumbres y por eso os invito a cambiar la mirada, a abrir el corazón, a ser capaces de adivinar e intuir, más allá de sus situaciones de precariedad, su valentía para enfrentarse con la dureza de la vida, su lucha para conseguir una mejor suerte para sus hijos y ofrecerles las oportunidades que ellos no han tenido. 

Si no nos sentimos capaces de mezclarnos con ellos, de acercarnos con respecto a sus vidas, de aprender de ellos y agradecerles su amistad, estamos dando mensajes sospechosos que van totalmente en contra del Evangelio, y “comulgar a Jesús” no sería más que una farsa y un convencionalismo social”. San Pablo se sentiría impulsado a enviarnos, a los cristianos de Lleida o de Cataluña, una copia de la carta que envió a los cristianos de Corinto. Podemos leer el capítulo 11, 17-34 sobre el ágape y la Eucaristía:. “Al comentaros estas cosas – les dice – hay una cosa que no os alabo: que vuestras reuniones tienen más perjuicio que beneficio … Y así resulta que cuando os reunís no coméis la cena del Señor … Por lo tanto, hermanos míos, cuando os reunáis para comer, sed solícitos los unos para los otros”.

Escuchamos también lo que nos dice el papa Benedicto XVI:

“Es una contradicción acercarnos a “comulgar” Jesús, si egoisticamente nos resistimos a preocuparnos de alguna cosa que no sea nuestro propio interés” (Benedicto XVI…)

“Nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, deben ser cada vez más conscientes que el sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todos los que creen a hacerse “pan partido” para los otros y, por lo tanto, a trabajar para un mundo más justo y fraternal”. (Benedicto XVI … nº 88).


4. La koinonía (comunión) de los primeros cristianos:

Esta verdad fue claramente comprendida por los primeros cristianos. Los Hechos de los Apóstoles nos dicen que “iban todos los días al Templo como un solo cuerpo, y se reunían en sus casas para partir el pan”. Y el texto añade: “Tomaban los alimentos con alegría y simplicidad de corazón … quien tenía propiedades y bienes los vendía y repartía entre todos según la necesidad de cada uno”” (Hechos 2, 45-46).

El mensaje de la primera comunidad es claro y simple. Pero este espíritu que la animaba tenía una consecuencia directa, pero también una condición: orar juntos y compartir el Pan del Señor en la misma Eucaristía les impulsaba a poner en común lo que tenían, para que nadie permaneciera en situación de necesidad.

El mismo mensaje está claramente expresado por san Pablo y san Juan con una palabra: “koinonía”. Puede traducirse por “comunión”, o “amistad”, “ser compañeros”. Ambos utilizan la misma palabra para describir tres diferentes niveles de relación.

Con ocasión del próximo Congreso Eucarístico de Québec, el cardenal Marc Ouellet ha escrito: “La Eucaristía tal como la recibimos del relato de la comunidad apostólica, testifica el don de amor que hace el Hijo de sí mismo por la humanidad, don de amor para el Padre y para nosotros…. Así mismo, aparece como el don que hace el Padre al mundo de su Hijo Único, encarnado y crucificado, que reúne alrededor de su mesa a los hijos de Dios que están dispersos … Finalmente, es el don de comunión trinitaria para la vida del mundo mediante la acción del Espíritu Santo, que garantiza la participación íntima de los fieles en este misterio de Alianza”. Se refiere, pues, a tres elementos significativos:

  •  El primer lugar, nuestra amistad con el Padre Dios: “Si decimos que estamos “en comunión” con el Padre y caminamos en las tinieblas, mentimos y no ponemos en práctica la verdad” (1 Jn. 1,6).

  • En segundo lugar, nuestra comunión con Cristo, por la Eucaristía, “el cáliz de la bendición que bendecimos, no es quizá ‘comunión’ con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, no es quizá ‘comunión’ con el Cuerpo de Cristo? (1 Cor. 10,16).

  • En tercer lugar, la comunión entre nosotros, que es consecuencia de la comunión con el Padre y con Cristo. Esta comunión nos impulsa a compartir lo que tenemos: “Haceros solidarios de las necesidades del pueblo santo. Practicad con diligencia la hospitalidad” (Rom. 12,13).

No son tres formas de tipos de comunión, sino uno solo y no se pueden separar, tienen una conexión íntima, y vienen expresados por la misma palabra koinonia. Se trata de diferentes aspectos de la misma “comunión” o “compartición”. Por tanto no podemos tener amistad con Dios, si no vivimos en comunión los unos con los otros. Y la Eucaristía es el vínculo visible que significa esta comunión y nos ayuda a constituirla. Ella efectivamente reclama y proclama nuestra comunión con Dios y con nuestros semejantes. 

Este redescubrimiento de la llamada “dimensión social” de la Eucaristía, hoy tiene un enorme significado. Vemos la Santa Comunión como el sacramento de nuestra fraternidad y unidad. Nosotros compartimos el mismo alimento comiendo el mismo pan al lado de la misma mesa. Y san Pablo nos dice claramente: “Ya que el pan es uno solo, nosotros, aunque muchos, somos un solo cuerpo; todos efectivamente participan del único Pan”. Es decir, en la Eucaristía recibimos no solamente a Cristo, Cabeza del Cuerpo, sino también todos sus miembros.

Todo esto tiene unas consecuencias prácticas, como nos recuerda san Pablo: “Dios ha dispuesto el cuerpo de manera que los diversos miembros se ocupen unos de los otros, por eso, si un miembro sufre, todos los miembros sufren al mismo tiempo” (1 Cor. 12, 24-26).

En cualquier lugar que exista un sufrimiento en el cuerpo, allá donde sus miembros se encuentren en necesidad o bajo presión, nosotros, que hemos recibido el mismo Cuerpo y somos parte de él, hemos de estar directamente implicados en ello. No podemos mantenernos al margen o decirle a un hermano: “Yo no te necesito; yo no quiero ayudarte”. 

 Volvamos al Papa Benedicto XVI en su Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis: “La misión primera y fundamental que recibimos de los santos Misterios que celebramos es la de dar testimonio con nuestra vida. La sorpresa por el don que Dios nos ha hecho en Cristo, infunde en nuestra vida un dinamismo nuevo, comprometiéndonos a ser testigos de su amor. Nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y maneras de ser, aparece el Otro y se comunica”. 

Desde hace años los congresos eucarísticos tienen la dimensión de celebrar la Eucaristía y la caridad, ejemplo de ello fueron el programa de “viviendas” del Congreso de Barcelona, o el lema del Congreso de Lourdes; “Jesucristo, Pan partido para un nuevo mundo” y el 49 congreso internacional que se celebrará en Québec el próximo mes de junio bajo el lema: “La Eucaristía don de Dios para la vida del mundo”.  

Me sigue impresionando la frase de Juan Pablo II en su encuentro con los pobres, cerca de Lima, el año 1985, que “fuera del guión”, dijo: ¡Hambre de Dios, sí; hambre de pan, no! 

Porque pretender unir a todos los hombres en la participación de un Pan espiritual sin proveerlos, al mismo tiempo, de un pan material, es únicamente un sueño.  

De todo corazón, deseo que la Virgen de la Academia, la Virgen Blanca, nos ayude a redescubrir y a vivir la “dimensión social” de la Eucaristía; a dejarnos transformar por el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y a encarnar nuestra fe en la vida

Muchas gracias.