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“He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38) 10 Agosto 2008 En todo el mundo, los rosarios, peregrinaciones, miles de velas encendidas, el canto del Ave María, el Ángelus, el saludo del Ángel -“Dios te salve, María”-, proclaman el amor de todas las generaciones a María, Madre Virgen y Asunta al cielo, que esta semana celebramos. María es nuestra Madre. Cristo nos la dio desde la cruz: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre”(Jn 19,26-27). María refleja la esperanza y aspiraciones de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Su “si”, elección valiente, nos da fuerza por vivir nuestro “sí” a Dios. Un “sí” que se convierte en obediencia fruto de una reflexión apoyada en la confianza; fruto de una visión de futuro. Obediencia no significa entrega pasiva y servil de nuestra voluntad. María pregunta, dialoga, no comprende del todo pero acepta cumplir el anuncio de Dios: ser Madre de Jesús; por tanto, de la Iglesia; por tanto, nuestra. Obedecer viene del latín "ob-audire", significa escuchar mirando de frente, a los ojos. Así miraba María. En Caná, mirando a su Hijo, le pide el primer milagro; al pie de la Cruz mira a su Hijo y le arranca nuestro gran tesoro: ser nuestra Madre; y mira a su Hijo cuando llega al cielo habiendo cumplido sus palabras. Cuando el cristiano dice “sí” a las enseñanzas del Papa no arrincona su personalidad sino que la promueve; no anula sus talentos sino que los pone en escucha profunda, en diálogo, en discernimiento y aceptación. Obediencia supone escuchar a Dios que me habla, ahora a través del Magisterio de la Iglesia, y aceptar. Obedecer no es resignación sino colaboración. ¿Cómo es nuestra obediencia a la Iglesia? Como María, no nos contentemos aceptando sin más, sino como una colaboración, con disponibilidad. Dios espera nuestro “sí”. Demasiadas veces nos refugiamos en lamentaciones. Que nuestra respuesta siempre sea de amor. María nos confirma que, mientras caminamos en la tierra, encontramos el rostro de Dios en las numerosas mediaciones de los rostros humanos, y sus palabras nos llegan a través del eco de palabras humanas. En estas circunstancias entra en juego nuestra obediencia y nuestra vida será lo que Dios nos propone, nuestro “sí” será un testimonio de fidelidad al anuncio que Él nos hace a través de los signos de hoy. El “sí” de María la llevó también a una desobediencia civil cuando huyó a Egipto. A veces, nuestro “sí” a Dios es un “no” a tantas falacias y doctrinas contrarias a Él... María, por su “si”, ya ha alcanzado la cima, es Asunta al cielo. Nuestro “sí” nos lleva a María cumpliendo la voluntad del Señor. X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |