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“Así será mi palabra... no volverá a mí vacía...” (Is 55,11) 20 julio 2008 El pueblo creyente siempre ha desarrollado su vida cristiana alrededor de la Palabra de Dios, proclamando que “la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). La Palabra es proclamada y el pueblo escucha para ser “pueblo de Dios”. Una muestra de la importancia de la proclamación de la Palabra son nuestros púlpitos, muchos de ellos verdaderas obras de arte. Nosotros encontramos hoy a Jesús en su Palabra, presente en la Sagrada Escritura. “La Iglesia escucha la Palabra de Dios y la proclama como Palabra de salvación, todos somos instados a escucharla, a celebrarla en la Iglesia y a orar con ella, para así vivir de su fuerza transformadora y en plena obediencia de fe al Señor, bajo la guía del Espíritu Santo, en el interior de la gran Tradición de la Iglesia y de la interpretación auténtica del Magisterio” (CPT,48). Cada día se hacen más esfuerzos para que, desde el inicio de la vida cristiana, a través de la catequesis de infancia hasta la de la vida adulta, la Palabra de Dios, que proclama e interpreta la Iglesia, sea el manantial de donde brota la fe que celebramos, vivimos y proclamamos los cristianos. Un momento idóneo para intensificar esta dimensión de toda vida cristiana es la celebración del XII Sínodo de los Obispos que, convocado por el Papa Benedicto y con el título “La palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”, se celebrará el próximo otoño a Roma. La Asamblea Sinodal se desarrollará en tres grandes apartados: qué es la Palabra de Dios, la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, y la Palabra de Dios en su misión. Los cristianos nos alimentamos de la Palabra de Dios, que “es viva i eficaz” (Hb 4,12), “...es luz para mis pasos, es la claridad que ilumina mi camino” (Sal 105). Alimentados con la Palabra, nos convertimos en sus servidores, con la misión de hacer que ésta sea levadura de la vida. Para servir la Palabra hay que conocerla y vivirla. Por eso es tan recomendable la llamada Lectio Divina, es decir, la lectura de la Escritura como un diálogo de amistad con Aquel que desde la eternidad se adelanta a amarnos y nos atrae hacia Él. La Lectio Divina empieza con una lectura atenta del texto bíblico para dejarlo hablar y que su luz nos ilumine. También necesita una actitud de contemplación, es decir, de escucha de lo que Dios nos dice hoy. Un diálogo entre la Palabra de Dios y nosotros en el seno de la comunidad eclesial, donde la Palabra se hace viva y actual en la celebración de los Misterios de la Fe, especialmente la Eucaristía. X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |