|
"Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero" (Jn 21,17) 29 Junio 2008 La celebración de la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo concentra nuestra atención en el Obispo de Roma, el Papa, el Pastor universal de toda la Iglesia. “Por un misterioso designio de la Providencia, Pedro termina en Roma su camino en seguimiento de Jesús, y en Roma da esta prueba máxima de amor y de fidelidad. También en Roma Pablo, el Apóstol de las gentes, da el testimonio supremo. La Iglesia de Roma se convertía así en la Iglesia de Pedro y de Pablo”(Ut Unum Sint, nº90). En esta fiesta celebramos la universalidad de la Iglesia, y, al mismo tiempo, su carácter concreto y personal. La Iglesia se fundamenta en el testimonio de los Apóstoles, a cuya cabeza está Pedro. A través de los medios de comunicación oímos hablar con frecuencia del Vaticano en referencia al gobierno general de la Iglesia, pero los cristianos sabemos que detrás de esta palabra está el testimonio del sucesor de Pedro. Y, con él, de todos aquellos que han sucedido a los Apóstoles: los Obispos. Si al hablar del Vaticano se subrayan los bienes acumulados por la Iglesia a través de los siglos, al hablar del sucesor de Pedro, el Papa, recordamos que el Señor ha querido elegir a un hombre débil y necesitado de renovación para que sea el Pastor de toda la Iglesia. Es necesario subrayar esta dimensión de la debilidad humana de Pedro y sus sucesores, pues en ella se pone de manifiesto que su misión procede totalmente de la gracia. ¿Cómo olvidar aquel encuentro de Jesús Resucitado con Pedro?: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?... Apacienta mis ovejas”(Jn.21,15-16). Es importante notar cómo la debilidad de Pedro manifiesta que la Iglesia se fundamenta sobre la potencia infinita de la gracia. Pedro recibe el encargo de apacentar el rebaño en una triple profesión de amor que recuerda su triple traición en la noche de la Pasión. “Heredero de la misión de Pedro, en la Iglesia fecundada por la sangre del príncipe de los Apóstoles, el Obispo de Roma ejerce un ministerio que tiene su origen en la multiforme misericordia de Dios, que convierte los corazones e infunde la fuerza de la gracia allí donde el discípulo prueba el sabor amargo de su debilidad y de su miseria. La autoridad propia de este ministerio está toda ella al servicio del designio misericordioso de Dios”(Ut Unum Sint, nº91). También Pablo reconoce que su ministerio es un don de la gracia, y que todo su quehacer no se apoya sino en el Señor: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza”. Y puede exclamar: “cuando estoy débil, entonces soy fuerte” (2Cor.12,9-10). En realidad, el ministerio eclesial de Pedro y de Pablo no nacen de la afirmación de ellos mismos, de sus poderes y recursos, sino de Dios. X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |