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“Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas..." (Mt. 9,36) 15 Junio 2008 Mientras parece que la vida transcurre con normalidad, crece el número de familias afectadas por la actual crisis económica. Mucho se habla de nuevos proyectos educativos, y sin embargo se percibe el fracaso de nuestro sistema de enseñanza. Se habla de la juventud como un tiempo de grandes posibilidades, pero el futuro de los jóvenes se ve poco claro en una sociedad en la que todo vale. Y así, podríamos señalar múltiples situaciones que hacen que muchos vivan en la desorientación y el abatimiento. Hay muchas maneras de desviar la atención del sufrimiento que nos rodea. Los medios de comunicación no cuentan siempre lo que sucede sino lo que más ruido genera. Quizá siempre ha sido así. Muchas personas y familias pasan por malos momentos, y es ahora cuando surgen las preguntas sobre el sentido de la vida y se aprecia la cercanía y el apoyo de los demás; y es también cuando abrimos o cerramos nuestra relación con Dios. En realidad, son las dificultades las que despiertan nuestro deseo de una vida en plenitud. Frente a este abatimiento y cansancio generalizado, los cristianos sabemos que no estamos solos: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Y… al ver a las gentes, se compadecía de ellas…” (Mt.9,35-36). Este compadecerse equivale a hacer propio el dolor de cada uno. Una actitud que no se apoya en bellas palabras sino en una experiencia de vida. A Jesús, nada nuestro le es extraño. Más aún, sus heridas nos han curado (Cf.1Pe.2,22-25). La fe cristiana es camino de vida. Jesús no nos explicó su Cruz, la llevó y se abandonó en el Padre. Resucitado nos la presenta como camino de gloria. Una propuesta que choca con nuestro deseo de felicidad inmediata. Dice un autor de nuestro tiempo: “Jesús no nos prometió la desgracia, pero la felicidad que nos anuncia no siempre coincide con nuestros facilotes caminos. El camino que conduce a la Vida no siempre es una autopista de cuatro carriles” (A.Manaranche). Dicho esto, ante el sufrimiento, ¿Basta unirnos al de Jesús? Esto es necesario, pero también lo es luchar contra el sufrimiento. Tendemos a hacer de nuestros males un motivo para quejarnos de Dios y pedirle cuentas. Como han hecho los santos -y todos estamos llamados a serlo- se trata de abandonarse en Dios y, desde esa confianza, luchar sabiendo que el mal no es una idea sino alguien que sufre. De ahí el compromiso inexcusable con el que sufre. El camino de Jesús nos convoca a dejarnos conmover y afrontar esta realidad que siempre nos acompaña, a no cerrarnos en nuestras posibilidades preguntándonos “¿por qué me pasa esto a mí?”. Unidos a Jesús luchamos contra el mal y nos ofrecernos a Dios Padre. X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |