“Quiero misericordia, y no sacrificios" (Os 6,6)

8 Junio 2008

Una de las sorpresas al leer los Evangelios es ver que Jesús se acerca a todos. Podríamos decir, de forma provocativa, que “andaba en malas compañías”. “Jesús se preocupó de todos los que, excluidos de la comunidad religiosa judía y de sus grupos, vivían marginados: los enfermos, los recaudadores de impuestos y los pecadores; los niños y mujeres… Jesús rompió esas barreras con una autoridad absoluta: comió con los publicanos y proclamó bienaventurados a los pobres. Con esta manera de comportarse declaraba que Dios mismo estaba llegando” (Cat. Esta es nuestra fe,139).

Qué contraste con nuestra forma de valorar a las personas. Vivimos en un tiempo marcado por el éxito social, por el tener, por el triunfo ante los demás. Cierto que en nuestra sociedad hay una gran sensibilidad hacia los marginados y los pobres, sobre todo cuando se dan grandes catástrofes o situaciones escandalosas de injusticia. Pero en realidad, cuánto nos cuesta reconocer que el Reino de Dios es de los pobres, de los pequeños, de los débiles, de los fracasados. Sin embargo, Jesús ofrece a todos, especialmente a quienes han sido marcados por la dificultad, una nueva posibilidad de vida: sentirse amados por Dios, reconocidos en su dignidad, llamados a colaborar para que el amor a Dios impere entre los hombres. 

Creemos que el futuro del mundo depende de nuestro esfuerzo por ser mejores. Aunque todos sentimos la responsabilidad de desarrollar lo mejor de nosotros mismos, muchas veces no sabemos qué hacer ante nuestros propios fracasos y los de los demás, ante aquellas situaciones que no podemos superar por nosotros mismos. Jesús nos muestra en el Evangelio que, con Él, el Amor entra en este mundo. Un Amor capaz del perdón sin límites, de abrir nuevos caminos cuando parece que no hay futuro. Un Amor que vence el mal a fuerza de bien, que rompe el círculo vicioso de la violencia y la venganza: un nuevo inicio.  

Los cristianos vivimos de esta buena noticia: con Jesús se inicia un mundo nuevo. Su amor, más fuerte que la muerte, es una invitación permanente a la esperanza y una llamada a que cada uno aporte lo mejor de si mismo, no con la pretensión de imponer nada o tener éxito ante los demás, sino con la voluntad de ofrecerse para secundar a Aquel que se ha ofrecido por nosotros hasta el extremo. De ahí que el mayor esfuerzo que nos pide Jesús no es el sacrificio ni la negación por la negación, sino el amor y la donación de nosotros, el reconocer en todo hombre, especialmente en aquellos que llevan en su cuerpo las marcas de la pobreza, la marginalidad y la exclusión, a alguien digno de ser amado. Y esto, aunque parezca un sueño inalcanzable, es posible para quien se deja alcanzar por Cristo, por su amor.

  X Javier Salinas Viñals,

Obispo de Tortosa

Administrador Apostólico de Lleida