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"Al principio el Señor creó al hombre y lo dejó a su propia decisión" (Si. 15,14) 1 Junio 2008 La libertad es uno de los rasgos que identifican al ser humano y le distingue de otros seres vivos. Hoy crece una forma de vivir la libertad como un intento desesperado por traspasar todo límite. Se quiere ir más lejos, más deprisa, tener experiencias más arriesgadas, creyendo que se puede empezar siempre de nuevo. Poco a poco se va perdiendo conciencia de los propios límites y de las consecuencias de nuestros actos. Se llega a afirmar que es la libertad la que nos lleva a la verdad. Desde esta visión encontrarían justificación actos de violencia -e incluso a crímenes- en nombre de la libertad del ser humano a decidir en cada momento. Esto tiene consecuencias en la forma de entender la vida. En el campo de la ciencia todo estaría permitido y las relaciones humanas serían totalmente inestables. La libertad aparece como realidad absoluta, fundamento de toda decisión ética. Según esto cada uno es la medida de su propia libertad. No hay verdad; no hay norma moral que oriente o limite. Todo es relativo a los intereses de cada persona. Una visión sin referencia a la verdad, que lleva a una ética individualista para la que cada uno tiene su verdad. La prueba más evidente de esta concepción de la libertad es la llamada “ideología de género”, es decir, considerar el género masculino o femenino como producto meramente cultural. Una visión de la vida que se refleja en algunos de los programas de “educación para la ciudadanía”, cuando se afirma que “el sexo no define al hombre y a la mujer como tales, sino que es fruto de una determinada concepción cultural o de un accidente biológico; es decir, que a los seres humanos no los define como personas el sexo, sino la opción sexual elegida”. Sorprendente: estamos ante un ser que todo lo puede, sin límites. Frente a esta forma de entender la libertad, la fe cristiana, porque reconoce a Dios como causa y fin de todo, afirma que nuestra libertad es un don que de Él hemos recibido. “Dios quiso, “dejar al hombre en su propia decisión” (Si. 15,14). Cuando el hombre elige de acuerdo con lo que él es en lo más profundo de si mismo, es decir, de conformidad a su condición de imagen de Dios, elige la vida, la felicidad y se realiza él mismo. Pero esta capacidad de elegir a Dios encierra en sí misma también el poder de rechazarlo y escoger el mal, es decir, la destrucción de la imagen de Dios en sí mismo” (Cat. Esta es nuestra fe 288). Por esto la libertad necesita de la sabiduría para poder elegir lo que es verdadero y bueno para el ser humano. Es un don y una responsabilidad cuya realización puede llevar a la vida o a la muerte. X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |