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"Adoramos la Trinidad indivisible, porque ella nos ha salvado" (Liturgia bizantina) 18 Mayo 2008 Hoy, primer domingo del tiempo ordinario, símbolo del tiempo que transcurre entre el Pentecostés que vivieron los Apóstoles y el día del retorno del Señor, celebramos la fiesta dedicada a la Santísima Trinidad: el misterio de la vida íntima de Dios. Ésta quiere recordar a todos que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en la riqueza y diversidad de cada uno de ellos, actúan constantemente en la vida de la Iglesia, por los sacramentos, y por el testimonio de cada cristiano. Nosotros somos discípulos de Cristo, los hijos predilectos del Padre. Y no podemos hacer nada sin el soplo del Espíritu. El Catecismo de la Iglesia, que expresa la fe recibida de los Apóstoles, afirma que: “el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina… Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y de los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos” (CIC,234). Los hombres que profesan una religión siempre vinculan su experiencia a la realidad de Dios; se tiende a afirmar que todas las religiones son iguales, pues todas hacen referencia a un mismo Dios. Sin embargo, la revelación cristiana que transmite la Iglesia, nos dice que nadie como Jesús nos enseña a conocer a Dios. Él nos ha revelado que hay un único Dios salvador de todos los hombres: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres personas distintas y un solo Dios verdadero. “Este gran misterio muestra que la vida íntima de Dios es amor, que se ha manifestado en la historia que narra la Sagrada Escritura y se resume en el Credo que la Iglesia profesa” (Catecismo “Jesús es el Señor”, p.70). Nosotros fuimos incorporados a la vida íntima de Dios cuando fuimos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a la oración, porque éste es el ámbito vital en el que adoramos a Dios, que ha venido a nuestro encuentro y nos ha querido unir a Él. En este día recordamos a tantos monjes y monjas que en los monasterios dedican lo mejor de sus vidas a la adoración y a la intercesión, como una luz permanente ante el Dios vivo y verdadero. Los monasterios son como ciudades sobre el monte, que anuncian visiblemente la meta a la que se encamina la comunidad eclesial. Son el corazón mismo de la Iglesia, en el que se unen las alegrías y las esperanzas, las tristezas y los dolores de los hombres, con la dulce certeza de la presencia y acción de Dios entre nosotros, con la esperanza de quienes se saben en camino hacia una alegría que nadie podrá arrebatar. X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |