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"Se llenaron todos del Espíritu Santo, y hablaban de las maravillas de Dios" (Hch. 2,4.11) 11 Mayo 2008 Cincuenta días después de la fiesta de la Pascua, celebramos Pentecostés, actualización en la vida de la Iglesia de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Una fiesta vinculada a la Pascua, pues es su cumplimiento. El Espíritu Santo se manifiesta como el fruto más preciado de la resurrección de Cristo y muestra que el camino de la Pascua lleva a una nueva vida. Pentecostés significa que el Espíritu ha sido derramado y habita en el corazón de cada persona. Los cristianos gozan del don de conocer que el Espíritu Santo actúa en ellos y han recibido la semilla de la vida eterna. El Espíritu Santo hace de la persona que lo acoge una imagen de Cristo viviente, que lleva a descubrir en todo acontecimiento, de alegría o de dolor, un camino para realizar la nueva forma de vivir que nos muestra el Evangelio. El fruto del don del Espíritu es la Iglesia, que, a pesar de los defectos de sus miembros, es signo e instrumento de la acción de Cristo en nuestro mundo. Con cierta frecuencia escuchamos que la Iglesia -los cristianos- ha traicionado el Evangelio. Una acusación antigua y hoy reiterada, que intenta desacreditar la realidad de la Iglesia como fruto granado de la resurrección de Cristo. Se quiere resaltar que entre Jesús y la Iglesia no hay continuidad sino más bien contraposición. Es el viejo dicho “Cristo sí, Iglesia no”. Pero el Espíritu Santo es el que hace posible que Cristo sea hoy nuestro contemporáneo, y lo sea en la vida de la Iglesia. Es el Espíritu quien edifica, anima y santifica la Iglesia. Ésta no es obra humana sino una intervención de Dios en la historia, más firme que las ambigüedades de sus miembros, que sus componendas entre el bien y el mal, que sus olvidos y egoísmos. Una realidad que sólo con los ojos de la fe, que nos llevan a reconocer en Jesús al Salvador, nos lleva también a reconocer a la Iglesia como Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo, como una realidad humana en la que el Señor cumple su promesa: “Sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28,20). En la fiesta de Pentecostés, al participar en la Eucaristía, pidamos al Padre que el Espíritu Santo, que tan maravillosamente transformó a los Apóstoles de su Hijo, y les llevó a proclamar con audacia la nueva vida de los hijos de Dios, nos lleve a nosotros a permanecer unidos como hermanos, a ser testigos de la paz y el perdón que sólo Cristo nos ha traído, y a mostrar que todos están invitados a participar en el banquete del Reino de Dios que hoy se hace cercano y visible en la Iglesia. X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |