“Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio” (Lc. 24,30)

4 Mayo 2008 

Estos domingos muchos niños y niñas recibirán por primera vez la Eucaristía. Será su Primera Comunión. Después del camino que han recorrido en su formación catequética, la forma actual de celebrar esta fiesta produce en muchas personas una gran perplejidad. En realidad, somos los adultos quienes hacemos de la Primera Comunión una fiesta complicada, y en muchos casos una introducción al consumismo con gastos desmesurados. A los ojos de pequeños y mayores la experiencia religiosa de este sacramento queda oculta por muchas cosas superficiales. Pero lo más grave es que, proponer una forma de celebración familiar y eclesial propia de esta fiesta, es predicar en el desierto. 

A pesar de todo, hay que volver a proponer nuevamente una celebración de la Primera Eucaristía marcada por su sentido religioso y humano. Si la Iglesia propone a los niños participar de la Eucaristía es porque cree en sus posibilidades de fe y de crecimiento, en su dignidad. Pero, sobre todo, es porque sabe que ser cristiano es recorrer un camino, es participar de una experiencia de vida de amistad con Jesús que tiene en la comunidad cristiana su ambiente vital. No se invita a los niños a participar de la Eucaristía porque sean cristianos plenamente formados, sino porque Jesús les ama y también ellos están llamados a crecer y participar de la mesa, de la Palabra y de la Eucaristía, en la que el Señor resucitado alimenta la vida de los cristianos.  

El Papa Benedicto XVI, en un encuentro con los niños de Primera Comunión, los invitaba a descubrir el significado de este acontecimiento que acompañará siempre su vida cristiana: “Nosotros, como personas humanas, no sólo tenemos un cuerpo sino también un alma; somos personas que pensamos, con una voluntad, una inteligencia, y debemos alimentar también el espíritu, el alma, para que pueda madurar. Si Jesús dice "yo soy el pan de vida", quiere decir que Jesús mismo es este alimento de nuestra alma, del hombre interior... Jesús nos alimenta para llegar a ser realmente personas maduras y para que nuestra vida sea buena”.  

Todo eso debería estar muy presente en la conciencia de las familias que presentan a sus hijos para recibir la Primera Comunión, así como un día les presentaron a la Iglesia para que fueran bautizados. Esto requiere seguir un camino de preparación con los catequistas, con el conjunto de la comunidad parroquial. Un acontecimiento que merece ser celebrado, pero de una forma equilibrada, sin sofocar su sentido verdadero, intentando vivirlo de una manera más familiar, dentro de los vínculos que nos unen a todos los cristianos como familia de Dios, es decir, en el seno de la comunidad eclesial.

  X Javier Salinas Viñals,

Obispo de Tortosa

Administrador Apostólico de Lleida