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“Estava enfermo y me visitasteis” (Mt 25,36) 27 Abril 2008 La enfermedad está presente en nuestro entorno, cuando no en nuestra propia familia. Cuando gozamos de salud no pensamos en los enfermos que podemos tener cerca. Con el sufrimiento que conlleva, la enfermedad transforma la vida de quien la sufre y de sus familiares más próximos. Pero puede convertirse en comunicador de otras realidades humanas. Desde ella se comprenden las debilidades y limitaciones del ser humano. El enfermo invita desde su pobreza a la solidaridad, al amor servicial y desinteresado, a vivir unos valores evangélicos a menudo olvidados: la gratuidad de la existencia, la pobreza total, la capacidad de valorar lo realmente importante. Desde el sufrimiento se puede hablar de Dios de una forma verdadera y creíble, suscitar interrogantes sobre el sentido de la vida y de la muerte; se comprende mejor a Dios Padre, que comparte totalmente y por amor el dolor humano. Entonces es cuando la enfermedad se convierte en un sacramento de la presencia del Señor. Por ello la Iglesia nos invita a orar para que el Señor, que cogió con amor a los enfermos, avive en ellos la esperanza y el don de la curación, y en nosotros el gesto concreto de la solidaridad. La enfermedad puede desfigurar el cuerpo e incapacitarlo, pero nunca degrada la grandeza y dignidad del hombre. El enfermo es hijo de Dios. En el enfermo se nos revela de una manera especial el Dios que, encarnándose, vivió también la soledad, la angustia, la impotencia ante la muerte; y con la Cruz asumía la debilidad y el sufrimiento de todos los hombres. Al pie de la Cruz, Maria. Ella acompaña con amor y ternura a su Hijo. Imitemos a Maria, al lado del que sufre, al borde de su cama o la silla de ruedas: “estaba enfermo y me visitasteis”. Es de agradecer el trabajo de los profesionales de la salud, de los voluntarios y familiares que acompañan a los enfermos. Su papel es insustituible. No olvidemos a los visitadores parroquiales que acompañan a los enfermos y a sus familias, y colaboran en la atención religiosa en los hospitales y los domicilios. Todas las comunidades parroquiales deberían tener equipos de visitadores. Ellos ayudan al enfermo, y no pocas veces a la familia. La enfermedad puede hundir una persona o ayudarla a madurar y vivir en esperanza El Papa nos dice: “Podemos tratar de limitar el sufrimiento, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo… Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito” (SS 37). La misión de los visitadores en la pastoral de la salud, ¿no será ayudar al enfermo a madurar su fe? X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |