“Venid conmigo... Dejando las redes le siguieron” (Mc 1,17-18)

13 Abril 2008  

El futuro de nuestras comunidades parroquiales está vinculado a muchas cosas, pero hay una de gran alcance: las vocaciones a la vida religiosa y al ministerio sacerdotal. Toda vida cristiana es vocación, porque es respuesta a la llamada de Dios que nos ama. Una vocación fundamental en la vida cristiana es la del amor mutuo entre el hombre y la mujer en el matrimonio, cuyo fruto es la familia. Pero la comunidad cristiana también necesita de otras vocaciones de especial consagración. Esta es una misión ineludible en la acción pastoral de la iglesia.

Hoy más que nunca nuestra Iglesia está necesitada de cristianos que respondan a la llamada del Señor a la vida consagrada y al ministerio sacerdotal. La vocación es un don de Dios, no una realidad que podamos alcanzar por nosotros mismos. Y es la Iglesia la que, en nombre del Señor, reconoce esta vocación y nos consagra para una misión. Nadie tiene derecho a reclamar ser ordenado ni diácono, ni presbítero ni obispo. Podemos estar disponibles, pero es el Señor quien, mediante la aprobación de la Iglesia, nos hará el regalo de llevar adelante la vocación a la cual nos creemos llamados. 

La juventud es una etapa de la vida en la que se plantean muchas preguntas, una de las cuales, tarde o temprano, se revela decisiva: ¿qué voy a hacer con mi vida? Se adivina la respuesta en la manera de vivir, en las ideas que nos orientan, en los deseos que mueven nuestro corazón. Un cristiano que aspira a tener el pensamiento de Cristo y amar como Él no puede dejar de preguntarse: ¿cómo voy a colaborar con mi vida en la construcción del Reino de Dios presente en Jesús? Y una de las muchas respuestas pueden ser más preguntas: ¿por qué no dedicarla al servicio del Evangelio?; ¿por qué no seguir a Jesús como pastor de su pueblo? Ahí se sitúa la vocación a la vida religiosa y al ministerio sacerdotal. Ante el futuro cada uno debe dejarse interpelar por el Evangelio, y, de forma particular, por su realización actual en nuestra historia, que es la vida de la Iglesia. 

En este año centenario de la muerte del Beato tortosino Manuel Domingo y Sol, a quien el Papa Pablo VI señaló como “el Santo Apóstol de las vocaciones sacerdotales”, recordemos unas palabras suyas: “No sabemos si estamos destinados a ser un río rápido que haga florecer en sus orillas jardines placientes, o quizá nos parecemos a la gota de rocío que Dios envía al desierto a la planta desconocida; pero, más brillante o más humilde, nuestra vocación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos”. La disponibilidad y el servicio a la Iglesia fue una de las cosas más sorprendentes de la vida del Beato.

  X Javier Salinas Viñals,

Obispo de Tortosa

Administrador Apostólico de Lleida