“Dejad que los niños se acerquen a mí”(Mc 10,14)

6 Abril 2008  

En el tiempo de Pascua se celebran en muchas parroquias las Primeras Comuniones. Una oportunidad para vivir más intensamente la fe y acrecentar los vínculos familiares y de amistad. Muchas cosas difuminan el verdadero sentido religioso de esta fiesta, que no siempre es una verdadera iniciación a la celebración de los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Parece que, como tantas veces en nuestra sociedad, nos quedamos en la superficie de la vida y de la fe. 

El fruto más importante del camino de la catequesis, y especialmente de la celebración de los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, debe ser el amor. El amor tiene su fuente en Jesús. Él nos amó sin medida. La amistad con Él se manifiesta en una nueva capacidad para la generosidad, el perdón, el servicio a los demás. Jesús nos enseña con las parábolas lo que quiere decir amar: la oveja perdida que el pastor busca; el hijo pródigo, a quien el padre no deja ni pedir perdón después de lo que ha hecho; el samaritano que se acerca a socorrer al herido. Pero el mayor ejemplo de amor que nos da Jesús es morir por nosotros; más no podía hacer. Porque nos ama, Jesucristo está siempre con nosotros, especialmente en los sacramentos que celebra la Iglesia: por la Reconciliación o Penitencia nos ofrece siempre el perdón; por la Eucaristía nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre, y nos une más plenamente para vivir como familia de Dios en la Iglesia.  

Jesús ama también a los niños y niñas, y los invita a dar ejemplo de que el amor facilita la convivencia en el respeto. Los pequeños pueden ser portadores de este ejemplo en la escuela, en el grupo de amigos, en la familia. En una sociedad marcada por la pluralidad de culturas y formas de pensar, Jesús nos invita a ser instrumentos de paz y amistad.

Damos gracias al Señor por los catequistas que han acompañado a los niños durante tanto tiempo. Su misión a menudo no es fácil. En ella, el amor debe ser el hilo conductor. Amar y enseñar a amar en nuestro mundo, donde a veces tienen vía libre la renuncia, la envidia, la violencia. También nuestra gratitud a los padres que, fieles al compromiso adquirido el día del Bautismo de sus hijos, confían a los catequistas el aprendizaje de vivir más plenamente como cristianos.  

La transmisión de la fe a las nuevas generaciones es una prioridad en la Iglesia hoy. De ella depende su futuro. Os animo a toda la comunidad cristiana a trabajar, en la parroquia y los colegios católicos, para que la Iglesia que ya crece en nuestros niños sea semilla de una sociedad más fraterna y solidaria.

  X Javier Salinas Viñals,

Obispo de Tortosa

Administrador Apostólico de Lleida