“Bendito el que viene en nombre del Señor” (Lc. 19,38)

16 Marzo 2008 

Quizá las palmas y ramas de olivo o laurel en manos de los niños, con trajes de estreno, no nos hacen vivir el sentido de la celebración litúrgica del Domingo de Ramos, inicio de la Semana Grande para los cristianos, la Semana Santa. La entrada triunfal de Cristo en Jerusalén y la Santa Cena la tarde del Jueves Santo, son el preludio del Triduo Pascual: Viernes Santo, memoria de la pasión y muerte de Jesús; Sábado Santo, la Vigilia Pascual; Domingo, la Pascua de Resurrección. Quizá la propaganda turística hace que pase por alto el sentido sagrado de estos días que algunos aprovechan para disfrutar unas “vacaciones de primavera”, como las llaman. 

Para un cristiano la Semana Santa es un tiempo intenso. Es el final del drama de Jesús. Él encaminó toda su vida a este final de muerte en Cruz y Resurrección para salvarnos. Esta Semana debe ser un tiempo dedicado a Dios. Podemos aprovechar estos días para el descanso, desplazarnos a nuestros pueblos o visitar a los familiares. Sin embargo, allá donde estemos, no podemos olvidar lo que celebramos. Participemos de las celebraciones litúrgicas en la parroquia más próxima, de las procesiones. La corriente social predominante hoy intenta arrastrarnos en dirección contraria a la religión y a todo lo trascendente. Dejarnos llevar por esta corriente es olvidar quienes somos y de dónde venimos. La Semana Santa, para un cristiano, no es un hecho social, sino algo tan profundo como la propia fe. Somos seguidores de Jesús; acompañamos su dolor en la Pasión y compartimos el gozo de su Resurrección. Desde esta realidad es desde donde hay que valorar el significado de las manifestaciones procesionales que hemos heredado de nuestros antepasados. Seamos consecuentes con estas tradiciones que recuerdan el hecho de nuestra salvación y nuestras raíces. 

“Bendito el que viene en nombre del Señor”. Él asumió plenamente las consecuencias de la Encarnación. Ofreciendo la vida en la Cruz da una lección que debemos aprender para vivir, como Él, amando sin buscar más recompensa que sentirnos amados por Él, pues somos los destinatarios de su sacrificio; en su vida estaba nuestra vida. Eso es lo que celebramos en la Semana Santa. 

Aquella entrada en Jerusalén entre ovaciones y alfombras molestó a las autoridades. Hoy también molesta la queja de sus seguidores contra el mal, el odio, la mentira… Pero Jesús dice: “si estos callan, gritarán las piedras” (Lc. 19,40). Hoy iniciamos la Semana Santa. Empezamos nuestra pasión siguiendo firmemente al Maestro abrazados a la cruz del don de nosotros para cumplir el proyecto salvador de Dios Padre. 

  X Javier Salinas Viñals,

Obispo de Tortosa

Administrador Apostólico de Lleida