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“Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22,21) 2 Marzo 2008 Hay quien cree que la Iglesia no acaba de situarse en la sociedad democrática porque a veces sus planteamientos entran en conflicto con las leyes que aprueban quienes deben procurar el bien común de los ciudadanos. Es un problema de siempre. Jesús mismo se enfrentó a él. De ahí su afirmación: “al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”. Se trata de respetar el ámbito de responsabilidad de los políticos pero también la conciencia de las personas. La Iglesia, como comunidad de fieles, no tiene como misión propia la acción política. Esta es una responsabilidad particular de cada uno de los bautizados, que no pueden permanecer al margen en la búsqueda de la justicia. En realidad, como nos recuerda el Papa Benedicto XVI, “la sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política” (Deus Caritas est, 28). Sin embargo la acción política, que tiene su propia autonomía, no debe excluir las referencias éticas que tienen su fundamento en la religión. La autonomía de las realidades humanas no excluye su íntima relación con las exigencias de una visión integral del hombre y de su destino eterno. Por todo ello, en el momento de elegir a las personas y los programas que mejor puedan contribuir al logro del bien común de la sociedad y de toda persona en particular, un creyente no puede dejar de ejercer su responsabilidad. En la hora presente, las palabras que Benedicto XVI dirigió a un grupo de políticos pueden ser realmente iluminadoras: “Por lo que atañe a la Iglesia católica, lo que pretende principalmente con sus intervenciones en el ámbito público es la defensa y promoción de la dignidad de la persona; por eso, presta conscientemente una atención particular a principios que no son negociables. Entre estos, hoy pueden destacarse los siguientes: -protección de la vida en todas sus etapas, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural; -reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio, y su defensa contra los intentos de equipararla jurídicamente a formas radicalmente diferentes de unión que, en realidad, la dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su irreemplazable papel social; -protección del derecho de los padres a educar a sus hijos. Estos principios no son verdades de fe, aunque reciban de la fe una nueva luz y confirmación. Están inscritos en la misma naturaleza humana y, por tanto, son comunes a toda la humanidad”. Negar esto constituye una ofensa contra la verdad de la persona humana. Y un cristiano no puede permanecer al margen de esta realidad. X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |