“Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15)

10 Febrero 2008 

En la liturgia del miércoles de Ceniza, puerta de la Cuaresma, aparece la palabra “conversión”. La misma que Jesús utilizó para iniciar su vida pública; fue su programa. Estos días todos los medios de comunicación nos hablarán de los diferentes programas electorales de los diversos partidos políticos. Todos ellos cargados de promesas y de vías para alcanzarlas. Pues bien, también Jesús nos presenta hoy su programa y los caminos para alcanzarlo. Su programa no fue una guerra santa contra los paganos, sino toda una revolución dirigida a los “buenos” de aquel tiempo, los escribas y fariseos, y hoy dirigida a nosotros. Al imponernos la ceniza se nos recordará: “convertíos y creed en el evangelio”. Jesús quiere que no pensemos ahora en los ataques que recibe hoy la Iglesia de tantas maneras. Es la hora de pensar en nosotros: ¿quiénes somos?; ¿cómo somos?; ¿cómo debemos ser? Un programa muy fácil, y más corto imposible: seguirlo renunciando a todo lo que se opone a Él y dejarnos evangelizar para revestirnos de su Palabra. 

Jesús nos propone una revolución interna: una conversión que exige un cambio radical en nuestra vida cristiana. Una conversión que lleva a destruir y construir a la vez. Convertirse es desnudarse de los planteamientos con los que osamos justificar nuestras mediocridades; es salir de la actitud de indiferencia ante la llamada de Dios, que se concreta en las personas que nos rodean y en los acontecimientos. La conversión requiere descentrarse de uno mismo para centrarse en Cristo, en Quien descubrimos la novedad del Reino. Por eso la verdadera conversión nos lleva a dejarnos evangelizar, a creer en el Evangelio y vivir sus valores: el amor, el perdón, la pobreza, las bienaventuranzas. Todos ellos fundamento de nuestra vida. La conversión lleva al Evangelio, y el Evangelio dinamiza la verdadera conversión. 

Los caminos propuestos son: la oración para unirnos con Dios; el sacrificio como aprendizaje del autodominio y la austeridad; y la limosna, no sólo como signo de solidaridad, sino como desprendimiento. Respecto a la oración, escuela de esperanza, el Papa Benedicto nos dice en su Encíclica “Spe salvi”: “Un lugar primero y esencial de aprendizaje de la esperanza es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme, Él puede ayudarme. El que reza nunca está totalmente solo”. 

Tres caminos que no están de moda pero son necesarios para hacer de nuestra vida una pascua. Porque la cuaresma es camino pascual: un camino hacia la resurrección con Jesús. 

  X Javier Salinas Viñals,

Obispo de Tortosa

Administrador Apostólico de Lleida