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“Dios que se me ha dado a favor vuestro la distribución de la gracia” (Ef 3,2) 6 Enero 2008 En la fiesta de Reyes, la Estrella que en nuestros pesebres guía a los Magos hasta la cueva de Belén asume el protagonismo, y, más aún, la alegría de pequeños y mayores por estrenar juguetes y gozar de los regalos. Pero la Epifanía no es sólo la fiesta de los regalos, sino, sobre todo, la fiesta de la universalidad de la Iglesia. Como nos dice el profeta Isaías: “caminarán los pueblos a tu luz, los reyes, al resplandor de tu aurora… todos esos se han reunido, vienen a ti” (Is 60, 3-4). La Estrella de los Reyes Magos nos habla de la luz que guía a los pueblos hacia Jesús. La Epifanía nos recuerda que la fe en Él, que ilumina nuestra vida, no es para guardarla sino para comunicarla a los demás. Por eso hoy celebramos el día de los catequistas de las iglesias jóvenes. Los Magos de Oriente hacen el recorrido de su fe, madurada en el camino de las dudas y los miedos, pero también de la constancia y la fidelidad. Vieron y anunciaron. Para anunciar, antes hay que ver, interiorizar y amar. La Epifanía manifiesta que Dios acoge a todos aquellos a quienes es anunciada la Buena Nueva; a todos los hombres del mundo. Los Reyes Magos trazan un itinerario cristiano. Son hombres de buena voluntad que descifran las señales de los tiempos, dispuestos a la aventura de la fe. Nuestras comunidades deben estar siempre abiertas, como lo estaba el portal de Belén, para compartir la inmensa riqueza de la fe que Dios nos ha regalado. Todos somos misioneros porque Dios nos ha confiado la misión de comunicar su Evangelio, y lo hacemos al ofrecer nuestro sufrimiento; cuando oramos por la extensión del Reino; al compartir con los misioneros; al ponernos al servicio de la comunidad. La gigantesca obra protagonizada por nuestros misioneros necesita de grandes ayudas; de la oración y la colaboración económica. Acompañar la generosidad desbordante que ellos viven, es para nosotros un deber y un honor. En esta fiesta, recordemos las palabras que el Papa Juan Pablo II dirigió a los niños en la Navidad de 1994: “En lo sucedido al Niño de Belén podéis reconocer la suerte de los niños de todo el mundo. Si es cierto que un niño es la alegría no sólo de sus padres, sino también de la Iglesia y de toda la sociedad, es cierto igualmente que en nuestros días muchos niños padecen hambre y miseria, mueren a causa de las enfermedades y de la desnutrición, perecen víctimas de la guerra. ¿Cómo es posible permanecer indiferente ante al sufrimiento de tantos niños?... Que el amor de la Navidad se extienda a toda vuestra comunidad, a todo el mundo, gracias a vosotros, queridos muchachos y niños”. También hoy, como seguidores de Jesús, somos estrellas que indican el camino. ¿Has pensando que tú eres una? La Iglesia misionera necesita tu luz. X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |