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“La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros: y hemos contemplado su gloria” (Jn 1,14) 23 Diciembre 2007 Nuestro mundo, obsesionado en gozar de cada minuto del tiempo que huye sin cesar ¿será consciente de la gran novedad que anuncia la Navidad? Año tras año, a simple vista, la Navidad parece ser sólo una excusa para celebrar, para olvidarse por unos días de los problemas o la cotidianidad de la rutina. En general, la manera de vivir la Navidad refleja la falta de esperanza de nuestro mundo. El árbol iluminado, símbolo de la Luz de Dios que irradia hasta nosotros, se ha convertido de hecho en un medio de publicidad. Se percibe un incremento de la vulgaridad y la indiferencia. Qué lejos del significado religioso de la Navidad, de la realización de la gran esperanza que celebra esta fiesta. La Navidad recuerda que “ha aparecido la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre” (Tt 3,4). Muchos hombres y mujeres de buena voluntad ven en esta fiesta una ocasión para gozar más intensamente de la familia y la amistad, para compartir más tiempo con los seres queridos. Así, Navidad resulta una fiesta familiar como símbolo noble y valioso de la fraternidad hacia los hermanos, los que tenemos cerca y los que están lejos; incluso hacia quienes no conocemos ni conoceremos pero sabemos que sufren. Los cristianos, sin embargo, vamos más allá: celebramos el nacimiento de Jesús, que viene a nosotros a través de la Virgen María; Dios mismo que se hace hombre. Este hecho lo cambia todo. Por esto, si se acepta que Dios viene a nuestro encuentro en Jesús, la alegría, los regalos de estas fiestas se convierten en signo del único gran regalo, de la realidad más novedosa: Dios nos da a su Hijo para que, por su gracia, lleguemos a ser hijos de Dios. Desde esta perspectiva, para un cristiano la celebración de la Navidad invita a una nueva forma de vivir los acontecimientos de nuestra vida. “El Hijo de Dios, con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre” (GS,22,2). Significa que el camino del hombre es el camino de Dios. Entre el cielo y la tierra ya no hay una distancia insalvable. El cielo, como la semilla enterrada, aunque la tierra esté cubierta de nieve, ya está creciendo entre nosotros. Navidad es la Buena Noticia que proclama que el hombre, que debe afrontar su vida con responsabilidad, ya nunca estará solo en su camino, porque Dios ha venido a quedarse con nosotros. Como nos recordaba San Irenero de Lyón, “el Verbo de Dios ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la voluntad del Padre (Adv. Haer, 3,20). Navidad nos trae la gran novedad: “Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |