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“Los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común... vendían bienes y lo repartían entre todos” (Hch 2,44-45) 16 Diciembre 2007 Desde sus primeros tiempos la Iglesia ha vinculado la celebración de la Eucaristía a la caridad fraterna. Para las primeras comunidades cristianas la “fracción del Pan” comportaba “repartir los bienes entre todos”. La Iglesia, como comunidad que vive la comunión, siempre ha intentado poner en práctica el mandamiento nuevo: “amaos unos a otros como yo os he amado”. Precisamente en Adviento, el ejercicio de la caridad se constituye en una expresión concreta de la esperanza en un mundo justo y fraterno. El Santo Padre, en su encíclica “Dios es amor”, presenta la caridad como factor esencial de las comunidades cristianas (20-25). Nos recuerda que aquella primera vivencia es el inicio de un camino que va tejiendo toda la comunidad a lo largo de los siglos; nos da la capacidad de ver las necesidades de los demás y responder a ellas con obras de amor. Por esto es esencial en la Iglesia el ejercicio de la caridad, unido siempre a la celebración de los Sacramentos y al Anuncio de la Palabra. Como dice el Papa, “la Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra”. Por eso, Cáritas no es una obra más de asistencia social, sino manifestación irrenunciable de la identidad y la misión de la Iglesia. La Iglesia no se puede comparar con una ONG más. La misión que Cristo le ha dado va más allá de todo orden económico y social. La misión de la Iglesia es fortalecer la comunidad humana de acuerdo a la ley divina. Por esto, “según las circunstancias de tiempo y de lugar, puede crear, mejor dicho, debe crear, obras al servicio de todos, particularmente de los necesitados, como son, las obras de misericordia u otras semejantes”(GS 42). Este es el fundamento de la existencia de una Cáritas diocesana, y también la que debe existir en cada comunidad parroquial, cuya misión es realizar la acción caritativa y social del Pueblo de Dios. Cáritas es un instrumento para que las comunidades parroquiales puedan hacer realidad el compromiso de compartir, de ofrecer los medios necesarios para atender a los más necesitados, sin renunciar nunca a la construcción de una sociedad justa. A la luz de esta exigencia, toda obra apostólica, ya sea en el seno de la parroquia o en otros ámbitos, debería hacer propio este criterio: “actuar de tal manera que los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como “en su casa”. ¿No sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la buena nueva del Reino?... La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras” (NMI, 50). X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |