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“Amad la justicia, los que regís la tierra” (Sv 1,1) 9 Diciembre 2007 Mucho se habla de la relación entre la Iglesia y la acción política. Hay quien piensa que la acción de la Iglesia debe reducirse al ámbito estrictamente privado, o, como se oye decir, que la acción de la Iglesia quedase reducida en la “sacristía”. Sin embargo, ¿como olvidar que la fe cristiana tiene una vocación irrenunciable a favor de la vida de las personas? En este sentido, el Papa Benedicto XVI ha dicho: “la comunidad política y la Iglesia son entre sí independientes y autónomas en su propio campo. Sin embargo, ambas, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres… Así pues, es legítima una sana laicidad del Estado, pero sin excluir las referencias éticas que tienen su fundamento último en la religión”. Ciertamente la Iglesia no tiene como misión el poder político, pero sí debe aportar al mundo las energías religiosas de la fe, de la esperanza y del amor. Por eso aspira a ofrecer al mundo su visión del hombre, con humildad, sabiendo que, si bien no tiene el monopolio de la respuesta a la pregunta sobre la verdad del hombre, confía en la capacidad de la razón humana para descubrir la verdad del ser humano, creado a imagen de Dios. El núcleo de esta verdad que la Iglesia anuncia es que todos estamos llamados a vivir según lo que somos: hijos de Dios y hermanos de nuestro prójimo. No somos amos absolutos de nuestra vida, que hemos recibido de Dios y debemos respetarla y promoverla. Sabemos que nuestra libertad se realiza cuando nuestra vida se convierte en un don para los demás. Esta es la regla de oro fundamento de toda convivencia humana, la mutua reciprocidad de derechos y deberes entre las personas. Recientemente, los Obispos con sede en Cataluña hemos recordado que “a nadie debería incomodar la voz profética de la Iglesia sobre la vida familiar, la vida social e incluso la vida política, también cuando va a contracorriente de estados de opinión ampliamente extendidos. Al contrario, sería nuestro conformismo lo que privara a la sociedad de una anciana sabiduría que hemos recibido de arriba y que ha estado presente y activa en las raíces de nuestra antropología y de nuestra historia. Nuestro deber es mantenerla operativa, cuando parece oportuna y cuando no lo parece tanto. Sobretodo si tenemos en cuenta la marcha acelerada, comparativamente con los otros Estados europeos, con la que, en algunas materias, nuestros legisladores avanzan hacia una normativa civil cada vez más alejada del humanismo cristiano, el cual no es otra cosa que protección de la persona y de los vínculos solidarios que unen y protegen a los hombres sean o no cristianos”. Hay que recordar también que es el diálogo el instrumento para construir una sociedad en la que todos podamos tener oportunidades. En este sentido, “los cristianos laicos, no pueden abdicar de la política, como actividad destinada a consolidar y a promover el bien común” (Creer en el Evangelio y anunciarlo con nuevo ardor). X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |