“Que la esperanza os tenga alegres” (Rm 12,12)

2  Diciembre 2007

En los últimos tiempos nuestro mundo ha dado un giro, tanto en el terreno familiar como social, cívico o legislativo, que nos lleva a vivir descorazonados. “Una tan rápida mutación, realizada con frecuencia bajo el signo del desorden, y la misma conciencia agudizada de las antinomias existentes hoy en el mundo, engendran o aumentan contradicciones y desequilibrios, de los que el hombre es, a la vez, causa y víctima” (GS, 8). Son muchos quienes se sienten atrapados en la telaraña del pesimismo, por la nostalgia de tiempos pasados; pero también hay quien siente el deseo de una renovación.   

El Adviento, tiempo litúrgico que hoy iniciamos, puede ser una oportunidad para recuperar el aliento y la fortaleza, para lanzarnos a la palestra de la vida y de la fe y dar una respuesta cristiana a todos los embates de nuestro mundo hoy. El fundamento activo de esta respuesta es vivir la esperanza en las promesas de Dios. El Adviento debe ser una celebración viva y actual de la virtud de la esperanza; de la esperanza que nos llena de alegría. El Adviento es ese signo de esperanza que crece con la llegada de Jesús, frente a tantas propuestas vacías que se nos ofrecen. No necesitamos espejismos psicológicos y promesas políticas que satisfagan nuestros deseos. Necesitamos hacer realidad la profecía de Isaías: “habitará el lobo con el cordero, el novillo y el león pacerán juntos… No harán daño ni estrago por todo mi Monte Santo…” (Is 11,6-9). 

A quien pierde la esperanza le falta futuro. No podemos esperar pasivamente a que se cumpla la profecía de Isaías, pues la esperanza, ante todo, es un impulso para la acción. Debemos ser sembradores de esperanza. No nos preguntemos cómo cambiar el rumbo de nuestro mundo, sino qué podemos hacer cada uno en nuestro ambiente familiar, parroquial, asociativo, profesional. La esperanza no oculta las cruces, sino que permite ver en ellas el designio amoroso de Dios, que lleva, como recordaba San Pablo, a “esperar contra toda esperanza” (Rm 4,18). Por esto, apoyados en Cristo, nuestra esperanza, no tengamos miedo de asumir “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren” (GS, 1).

Hemos de ser sembradores de esperanza. Cada uno de nosotros, movidos por Cristo, que vino, viene ahora y volverá, puede ser un mensajero de esta Buena Noticia que da esperanza y plenitud al mundo. El tiempo de Adviento nos invita a preparar los caminos del Señor para que su salvación llegue a todos los ambientes. Lo haremos porque “esperamos en el Señor, Él es nuestro socorro y nuestro escudo” (Sl 33,20). 

  X Javier Salinas Viñals,

Obispo de Tortosa

Administrador Apostólico de Lleida