“Celebramos la gloria de la Jerusalén celestial que canta eternamente el encuentro festivo de los santos, nuestros hermanos”(Prefacio)

 

4 Noviembre 2007

Hemos celebrado la fiesta de Todos los Santos. Ellos no son personas anónimas, tienen nombres propios y una historia concreta escrita “en el libro de la vida”. Quizá no tendrán un altar en las iglesias, sin embargo, por haber seguido a Cristo, el Padre les ha preparado una morada en el cielo. Lo celebramos en la fiesta de “Todos los Santos”, y nos unimos al canto eterno de la Jerusalén celestial, en el encuentro de los santos, nuestros hermanos.

Los santos son teología viva en medio de nuestros pueblos. Su existencia es una enseñanza sobre Dios. Ellos hacen realidad lo que dice San Juan: “seremos semejantes a Él” (1Jn 3,2). Y así como un padre se siente orgulloso si su hijo se le parece, también Dios está satisfecho de los hijos que en su peregrinación por la tierra han intentado ser como Él. San Pablo, cuando se dirige a sus comunidades llama “santos” a los bautizados en Cristo, y los exhorta a tener los mismos sentimientos de Cristo, a “revestirse de Él”. Por el Bautismo todos somos llamados a ser santos, a vivir en unión íntima y profunda con Dios en Cristo, correspondiendo a la gracia que Dios nos concede. Y eso excluye vivir en la mediocridad.

Sólo hay una clase de santidad, pero debe ser cultivada según la vocación de cada uno. Así lo explicita el Vaticano II: “Una misma es la santidad que cultivan en cualquier clase de vida y de profesión los que son guiados por el Espíritu de Dios y siguen a Cristo para merecer la participación en su gloria. Según eso, cada uno según los propios dones y las gracias recibidas, debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva que excita la esperanza y obra por la caridad” (LG 41). Sí, todos somos llamados a la santidad, pero no a la misma. Los santos son una expresión viva de la riqueza de la Iglesia, con su variedad de funciones, obligaciones, carismas y estados. Por eso los caminos y medios para llegar, también son diferentes. Santo es todo aquel que en su ámbito, quizá muy limitado pero también irrepetible, vive la fe según las cualidades y circunstancias personales y la gracia que Dios le ha dado; se conforma con Cristo y vive como Él quiere que viva. La fiesta de Todos los Santos nos hace revivir la “Comunión de los santos”, porque la Iglesia está formada por quienes aún peregrinamos en esta tierra y por todos los difuntos, a los que recordamos en la liturgia del día 2 de noviembre. “Creemos en la comunión entre todos los fieles de Cristo, de aquellos que peregrinan en este mundo, de los difuntos que cumplen su propia purificación y de los bienaventurados del cielo; todos juntos forman una sola Iglesia” (CIEGO 962).

Dirigimos la mirada hacia nuestros santos, a quienes podemos amar e imitar, pues vivieron situaciones semejantes a las nuestras. La fiesta de Todos los Santos es la fiesta de la comunión profunda que une la Iglesia de la tierra con la del cielo, el encuentro festivo de los santos, nuestros hermanos.

  X Javier Salinas Viñals,

Obispo de Tortosa

Administrador Apostólico de Lleida