“La mucha experiencia es la corona de los ancianos, y su orgullo es el temor del Señor” (Sir 25,6)

 

23 Septiembre 2007

La ancianidad es una bendición de Dios, un signo de su amor, porque “los ancianos se parecen a ciertos libros viejos, arrugados y mal encuadernados que contienen cosas excelentes”. Acertada definición de la vejez. La vida de cada uno de nuestros ancianos es un libro que contiene una gran riqueza de experiencias profundas, de donación a los demás sin esperar recompensa ni agradecimiento. El anciano es como un árbol; su corteza no es la parte más bella, pero guarda la savia y la distribuye por las ramas para que den su fruto. Sus consejos iluminan sin calentar, como el sol invernal. Realmente la corona de los ancianos es su experiencia. Y es esta sabiduría inundada de paciencia, sufrimiento, serenidad, cordura y religiosidad, la que deben transmitir y ofrecer en favor de una forma de civilización más humana, viviendo la “civilización del amor” de la que hablaba Juan Pablo II. 

Los ancianos tienen bien merecida la jubilación de la que gozan hoy, con ratos incluso de diversión. Aunque muchos ayudan a los hijos cuidando de los nietos. La ancianidad es también una etapa para afrontar las grandes preguntas de una fe que quizá descuidaron en otro tiempo. Ahora, por esa fe que vivieron y quizá transmitieron a los hijos, pueden contemplar los acontecimientos de la vida a la luz del misterio de la cruz que da sentido a la existencia y que algún día se transformará en gloria. 

Antes, en el hogar familiar había un lugar para los mayores de la familia. Ahora, las viviendas reducidas y el trabajo fuera de casa hacen que las familias no puedan ocuparse de sus ancianos. Para la sociedad los ancianos deben ser objeto de una gran compresión, por ellos mismos, por lo que han hecho y por el gran papel que aún desempeñan en la sociedad. El cuarto mandamiento nos dice: “que se dé honor, afecto y reconocimiento a los abuelos y antepasados”( CIC,2199). De aquí la preocupación de la Iglesia por procurar que cada anciano tenga un hogar, bien en su propia casa o con los hijos, bien en una residencia. Asegurar a los ancianos un digno bienestar debe ser una preocupación apostólica para todos los cristianos. 

En nuestra Diócesis contamos con diferentes residencias de ancianos, algunas de ellas de iniciativa eclesial. Estas necesitan de la colaboración de la comunidad cristiana para que los residentes experimenten nuestra proximidad. También hay congregaciones religiosas que se ocupan de los ancianos, algunas en residencias y otras por medio de la atención domiciliaria. Merecen especial reconocimiento los grupos de personas voluntarias que visitan ancianos, ya que aligeran su soledad y les ayudan a preparar el camino hacia el Señor, porque realmente es “su orgullo el temor del Señor” (Sir 25,6). 

X Javier Salinas Viñals,

Obispo de Tortosa

Administrador Apostólico de Lleida