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“Alégrate María, Dios te ha llenado de su gracia” (Lc 1,30)
2 Septiembre 2007 La devoción a la Virgen está enraizada en la historia y en la vida de nuestros pueblos. Las ermitas dedicadas a su culto son testimonios de una presencia espiritual a lo largo y ancho del territorio que nos rodea. Durante el verano, muchos fieles han visitado las ermitas de la Virgen en sus pueblos, para volver, ahora, al trabajo que les ocupará hasta las próximas vacaciones. Las tradiciones populares en torno a la devoción a la Virgen María son como las huellas de los sentimientos y convicciones de las personas a través del tiempo. Las fiestas dedicadas a Ella y las peregrinaciones a sus santuarios nos hablan de la historia de nuestros pueblos generación tras generación. Tradiciones que nos invitan a renovar nuestros vínculos con María a través del contagio religioso que se experimenta en sus grandes fiestas. Entre nosotros se hacen realidad estas palabras que el Papa Juan Pablo II pronunció en su primera visita apostólica a España: “pertenecéis a una tierra que supo defender siempre con la fe, con la ciencia y la piedad las glorias de María: desde su concepción inmaculada hasta su gloriosa asunción en cuerpo y alma a los cielos, pasando por su perpetua virginidad. No olvidéis este rasgo vuestro. Mientras sea éste vuestro distintivo no tenéis nada que temer” (noviembre de 1982). A la luz de esta realidad se comprende que cada pueblo cultive al menos una advocación de la Virgen; que sean muchos quienes identifican su pertenencia eclesial a una determinada fiesta de la Virgen. Nuestros pueblos se han vestido de fiesta durante este verano para honrar a María, y continuarán haciéndolo en este mes de septiembre. Son oportunidades para renovar múltiples vínculos humanos y religiosos. Vínculos necesarios en un mundo en el que muchas veces tenemos la sensación de andar perdidos, desorientados ante la multitud de información y situaciones; y de la soledad en la que muchas veces afrontamos los grandes retos humanos. Al orar a María podemos percibir la cercanía de Dios, y, con Ella, la cercanía de los hermanos. El entusiasmo de las celebraciones en torno a la Virgen expresa el deseo de fiesta que existe en nuestro corazón, y, sobre todo, el deseo de compañía, el de saber que somos importantes para alguien y que no estaremos solos. Precisamente la fe en Dios, a donde nos lleva constantemente la devoción a la Virgen María, constituye la posibilidad de vivir con alegría los acontecimientos y afrontar sin desesperación las dificultades. Porque nos sabemos en manos de Alguien más grande. Él no nos vacía de nuestra propia responsabilidad, ni del dolor y la alegría que a veces conlleva, pero nos da la certeza de que nada de lo que vivimos desde el amor se perderá. Por más efímero y débil que parezca, permanecerá para siempre. X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |