“Sólo tú, Señor, me haces vivir tranquilo” (Sal 4,9)

 

19 Agosto 2007

Nuestra vida está tejida de alegrías y de tristezas, de contrariedades y de pequeñas o grandes victorias. Y ahora que estamos en verano, podemos reservar algún momento para revisar cómo ha ido el curso pastoral. En este ejercicio pidamos al Señor que nos ayude a ver nuestras vidas desde la perspectiva –¿por qué no?- del buen humor.

En realidad el humorismo es propio de quien ha superado una visión de la vida centrada en si mismo, y sabe apreciar con realismo lo que es, tolerando también la percepción de la propia negatividad y, más aún, acogiéndola con paz. Como decía un autor, “la defensa del humorismo protege la estima, porque permite al sujeto no tomarse demasiado en serio… resituar las propias debilidades sin dramatizar; y probablemente, evita que las descargue sobre los demás” (A. Cencini).

Desde una perspectiva cristiana, el humor de los santos es una virtud arraigada en la humildad, que lleva a aceptar todas las dimensiones de las realidades humanas y a saber que, en todos nuestros caminos, por más dificultades que encontremos, el Señor está presente y nos ayuda a seguir adelante. Quien tiene sentido del humor percibe las cosas, ve la vida en su mezcla de blanco y negro, pero sin perder la calma, porque confía en la Providencia de Dios. Como recordaba san Francisco de Salas, gran maestro del buen humor cristiano, “el que es de verdad humilde nunca piensa que le hacen un entuerto”. También santo Thomas Moore nos invita a pedir en la oración el sentido cristiano del humor: “Quieras darme, Señor, un alma que no sepa lo que es el aburrimiento, que no conozca la murmuración, los suspiros ni las quejas; y no permitas que me preocupe demasiado acerca de lo que impera y se llama “yo”. Señor, concédeme el sentido del humor; concédeme la gracia de entenderme con las bromas, para que pueda gozar en esta vida de un poco de felicidad y pueda entonces darla a los otros. Amén”.

El sentido del humor debe amerizar la vida y las palabras del cristiano. Es muy necesario, especialmente para aquellos que ejercen responsabilidades en la familia, en la empresa, en la vida pública y en la Iglesia. En ocasiones se arman grandes tempestades por cosas que no tienen importancia, y hay que mirarlas con distancia y sin amargura. Es esta distancia amable la que hace posible afrontar los problemas reales, no los que otros quieren crearnos. Por eso es imposible el sentido del humor sin la capacidad de intentar vivir lo que es realmente importante: el amor a Dios y todo lo que eso significa de compromiso con la justicia y la verdad; la comprensión de las propias limitaciones y de las de los demás como camino de humildad que nos lleva a fijar la mirada, no en nosotros sino en nuestro bien y el de los demás, siempre vinculado a la realidad misma de Dios manifestada en Jesucristo.

X Javier Salinas Viñals,

Obispo de Tortosa

Administrador Apostólico de Lleida