|
“Transfigúrame. Señor, transfigúrame…” (Gerardo Diego)
5 Agosto 2007 El próximo lunes, día 6 de agosto, toda la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor, que hace memoria de aquel acontecimiento en el que Jesús dejó ver a sus discípulos su realidad divina. Lo hizo en el camino hacia Jerusalén, lugar de su pasión y muerte, y después de que Pedro lo hubiera confesado como Hijo de Dios vivo, Mesías y Señor, en Cesarea. Esta fiesta tiene una larga tradición cuyas raíces están muy cerca de nosotros. De hecho, en el siglo X ya se celebraba en Vic, así como en numerosas diócesis de Francia y de Italia. El valenciano Papa Calixto III (1455-1458), que había vivido mucho tiempo en la Diócesis de Lérida, de la que fue Canónigo al tiempo que profesor de su Universidad, la introdujo en Roma en 1457 y mandó que se celebrara en toda la Iglesia latina. Esta fiesta, en el corazón del verano, cuando la luz inunda particularmente nuestros días, nos invita a contemplar la gloria de Dios en Jesús transfigurado y, a su luz, llevar una vida transfigurada por la oración y el amor a los demás, a imagen de Jesús mismo. De ahí el deseo que, en boca del poeta, puede suscitar esta fiesta en nosotros: “Transfigúrame. Señor, transfigúrame. Traspáseme tu rayo rosa y blanco. Quiero ser tu vidriera, tu alta vidriera azul, morada y amarilla, en tu más alta catedral”. En realidad, “la transfiguración del Señor nos concede “una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo” el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo. Pero ella también nos recuerda que “es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”” (CIC,553). Esta oración de la liturgia bizantina nos puede ayudar a comprender el alcance de esta fiesta. “Tú te has transfigurado en la montaña, y, en la medida en que ellos eran capaces, tus discípulos han contemplado tu Gloria, oh Cristo Dios, a fin de que cuando te vieran crucificado comprendieran que tu pasión era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente la irradiación del Padre” (Fiesta de la Transfiguración). En la Transfiguración Jesús conforta a sus discípulos y también a nosotros. Pero no secunda sus deseos: “Maestro, qué bien se está aquí” (Lc. 9,32). Él no será el Mesías que imaginaban, victorioso e inaccesible al dolor y al sufrimiento. Jesús sólo se limita a exteriorizar por un instante el esplendor de su gloria, que se realizará pasando por uno de tantos y muriendo en la Cruz. Es también un modo de recordar que Él es el Salvador, más fuerte que todos los poderes de este mundo, más fuerte que la muerte. X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |