"Vosotros, venid ahora a un lugar despoblado y descansad un poco” (Mc. 6,31)

 

29 Julio 2007 

La multitud de gente que seguía a Jesús impedía a los discípulos hablar con Él. Estaban cansados, y el Maestro se los llevó a un lugar despoblado donde descansar un poco y conversar sobre todo aquello que habían hecho. 

Algo parecido nos sucede a nosotros en estos tiempos de verano. Para descansar y reencontrarnos con los nuestros con calma, muchos volverán a sus pueblos, airearán las casas cerradas durante meses; así nuestros pueblos duplican el número de habitantes en este tiempo. Otros aprovecharán para hacer turismo, ir a la playa o a la montaña. Todo para descansar unos días del trabajo que hacemos durante el año, que incluso agobia la vida diaria. Hay que recuperar las fuerzas, aunque sea solamente, cambiando de ocupación. Dios lo quiere así: “el séptimo día, descansó” (Gn 2,2). La Iglesia propone el domingo, el séptimo día, para descansar. 

¿Por qué las vacaciones? La respuesta la da el Vaticano II: “Después de dedicar un tiempo y los esfuerzos para el trabajo, disfruten todos de un tiempo de reposo y de descanso suficiente que permita cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa; aún más, todos han de tener la posibilidad de desarrollar libremente aquellas energías y cualidades que con el trabajo profesional no se pueden cultivar” (GS,67). En vacaciones se puede hacer todo aquello que durante el año ha sido imposible, como leer, convivir más plenamente con toda la familia, hacer algún deporte, dedicar más tiempo a las aficiones culturales, etc. Pero las vacaciones son también un tiempo propicio para formar la vida cristiana con el estudio o la lectura. Porque de ser cristianos, no hacemos vacaciones. Puede resultar muy enriquecedor participar en la Misa dominical allá donde vayamos, con toda la familia y la comunidad que nos acoge por unos días. 

En vacaciones seguimos siendo testigos de Cristo, en el descanso y en la diversión, allá donde estemos. El tiempo de vacaciones nos da la posibilidad de rezar en familia, de dedicar tiempo a la oración y a la contemplación. El Papa Juan Pablo II exponía a los jóvenes concentrados en Madrid esta necesidad: “el drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Cuando falta el espíritu contemplativo no se defiende la vida y se degenera el ser humano; sin interioridad el hombre moderno pone en peligro su misma integridad”. Estas vacaciones no nos limitemos a hacer lo que hacen todos. La plegaria y la contemplación nos ayudarán a apreciar y a vivir los valores de siempre, teniendo presente a aquellos que no pueden descansar por falta de salud o de recursos. 

Ojalá que estas vacaciones disfrutemos más de la vida familiar y espiritual, sin olvidar la solidaridad.

X Javier Salinas Viñals,

Obispo de Tortosa

Administrador Apostólico de Lleida