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“… creó al hombre y a la mujer … Sed fecundos y multiplicaros” (Gn 1,27-28)
15 Julio 2007 Todos podemos constatar como las realidades mas fundamentales de la vida son difíciles de explicar. Por qué el amor? Por qué el deseo de ser felices? Muchas preguntas como éstas han dado lugar a múltiples reflexiones. Hacen referencia a realidades sencillas pero que constituyen el fundamento sobre el cual asentamos nuestra vida. Hoy se pone en duda una realidad tan fundamental y básica como es el matrimonio y la familia. Vivimos en una cultura marcada por la libertad de expresión. Cada uno puede decir aquello que considera oportuno. Y esto conduce a nuestra sociedad a formular distintas versiones de una realidad tan antigua como fundamental: el matrimonio entre un hombre y una mujer. De hecho, cuando se habla de matrimonio entre personas del mismo sexo, es necesario dar muchas explicaciones para presentarlo como algo real. A pesar de las justificaciones jurídicas que se le han dado, hablar de este tipo de matrimonio resulta una ficción. Cada uno es muy libre de hacer lo que quiera con su vida privada, pero nadie debe olvidar que las acciones humanas están ancladas en unas determinadas realidades biológicas que no se pueden modificar a voluntad. Ciertamente, un ser humano puede desear volar como los pájaros; algo imposible, y no porque se lo prohíba alguien sino porque se lo impide su propia realidad física. Así, la unión entre dos personas del mismo sexo nunca podrá ser igual a la que se establece en un matrimonio entre hombre y mujer. Porque son incapaces de crear vida y, por lo tanto, de fundar las relaciones familiares básicas: maternidad, paternidad, filiación, fraternidad. Pueden generar una relación afectiva, pero esta relación no se puede identificar como matrimonio. Cuando hoy se habla de relación entre personas se insiste en un elemento fundamental: el amor. Pero no todo amor puede fundar un matrimonio, una familia. Entre hermanos, entre amigos o vecinos, pueden vivir una experiencia de cordialidad y de estima, pero no por eso formarán una familia. El amor es fundamental, pero únicamente el amor entre un hombre y una mujer es capaz de generar vida y de formar una familia. Aceptar esta realidad no debería presentar ninguna dificultad. A pesar de esto, en el mar de confusión en que vivimos lo que es evidente queda empañado. Por eso, como nos recuerda Benedicto XVI, “nunca debemos cansarnos de volver a presentar la verdad sobre la familia, tal como ha sido querida por Dios desde la creación”. “Por esto el hombre deja al padre y a la madre para unirse a su mujer, y desde este momento forman una sola carne” (Gn 2,24). X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |