“También vosotros seréis mis testigos”( Jn, 15, 27)

 

27 Mayo 2007 

Hoy, en la fiesta de Pentecostés celebramos la jornada del apostolado de los laicos en la familia y en la sociedad, es decir, del apostolado seglar. Pentecostés proclama que el Espíritu Santo que Jesús prometió actúa hoy en la Iglesia e impulsa el testimonio de los cristianos en el mundo. Una oportunidad para saborear la acción del Espíritu en nuestra vida, para preguntarnos si somos coherentes con esta presencia que se ha de manifestar en la vida concreta. 

Vivimos nuestra vocación cristiana en medio de valores y decisiones que configuran nuestra vida familiar y actual. Una vocación que nos convoca a transformar la sociedad según el Espíritu Santo, porque todas las realidades humanas han de ser iluminadas por el Evangelio. El Cristiano no puede esconder su fe, con todas sus consecuencias morales, ante aquello que ve y siente, ni tampoco quedarse en una simple crítica sin comprometerse a fondo en la construcción del bien común, que siempre incluye la apertura de los hombres a Dios. Hemos de ser, como nos dice Jesús, “sal y luz” porque el Bautismo nos ha conferido la misión de edificar la Iglesia, signo e instrumento de la acción salvadora de Cristo. En esta misión sabemos que nunca nos quedaremos solos, porque el Señor nos precede y acompaña mediante su Espíritu, tal como Él nos prometió: “Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra”. (Hch. 1,8). 

El Papa Benedicto XVI nos recuerda que “como ciudadanos del Estado -los laicos- son llamados a participar en primera persona en la vida pública ... Su misión es configurar rectamente la vida social... cooperando con los otros ciudadanos según las respectivas competencias y bajo su propia responsabilidad” (Dios es amor, n. 29). En esta línea será preciso trabajar a fondo para que sean reconocidos valores fundamentales como son el don de la vida desde su concepción hasta la muerte natural; la realidad de la familia, sin que sea suplantada u ofuscada por otras formas o instituciones diversas; la libertad de los padres a educar a sus hijo; así como una forma de organización económica y social que favorezca la dignidad de cada persona y promueva la superación de las dificultades. 

En la fiesta de Pentecostés no podemos olvidar que la Iglesia ofrece una propuesta para que el laicado se organice y promueva su apostolado propio: la Acción Católica. Una asociación que vive un tiempo de renovación que hay que aprovechar en la hora presente. Un laicado asociado y bien formado que es la condición fundamental para que la Iglesia pueda continuar su misión evangelizadora. Cada uno es llamado a dar una respuesta al sí de la comunión eclesial, que tiene en la Acción Católica una de sus realizaciones.

X Javier Salinas Viñals,

Obispo de Tortosa

Administrador Apostólico de Lleida