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"El amor de Cristo nos apremia" (2 Co 5,14)
29 Abril 2007 Este cuarto domingo de Pascua, llamado del Buen Pastor, la Iglesia nos invita a rezar por todas las vocaciones; es decir, para que todos los cristianos respondan a la llamada del Señor para que su Reino crezca ya en este mundo; para que su palabra fructifique en una vida fraterna y reconciliada en la que el hombre alabe a Dios y sirva a los hermanos. Orar por las vocaciones constituye una tarea fundamental. Allá donde se ora con fervor florecen las vocaciones, porque éstas son fruto de la unión con Cristo, de la apertura a su amor y a su seguimiento. Toda vocación cristiana nace en un ámbito concreto, en la familia, en la comunidad eclesial, en medio de los desafíos y dolores humanos… Pero toda vocación es un camino a recorrer en tanto que es respuesta a la llamada del Señor. Llamada que nace del amor creador y salvador de Dios, y que se realiza en una respuesta de amor. Como comentaba Juan Pablo II, “Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer, la vocación y consiguientemente, la capacidad y responsabilidad del amor y de la comunión, el amor es pues, la vocación fundamental e innata de todo ser humano”. Una es la llamada, pero múltiples las respuestas: “Los dones son diversos, pero el Espíritu es uno solo” (1 Co 12.4). Nos lo demuestra la vida de la Iglesia; el ministerio sacerdotal, las múltiples formas de vida consagrada, la vocación matrimonial y laical, que hacen presente el evangelio en el corazón de las realidades humanas. Una diversidad que evidencia que la vocación pasa también por la respuesta personal de cada uno, modulando así los diversos estilos y sensibilidades. Sin duda es la mejor manera de mostrar la riqueza multiforme de Dios mismo, inagotable en su vida y amor. Este domingo, oramos por las vocaciones, comprometiéndonos en una gran invocación a Dios para que su llamada sea escuchada por muchos. Pero sin una comunidad que convoque, ¿cómo podrá haber respuestas? La Iglesia es madre de vocaciones, las hace nacer en su seno por el poder del Espíritu, las protege, las nutre y las sostiene. Aquí está la responsabilidad de cada cristiano de contribuir a esta tarea fundamental. Pero, cómo llamar si no es desde la alegría del encuentro con el Señor, desde una vida más plenamente cristiana? “El amor de Dios nos apremia” (2 Co 5,14). Es este amor el que hace posible que cada uno de los bautizados se sienta llamado; es este amor el que nos invita a colaborar en la gran misión de ayudar al nacimiento de nuevas vocaciones en la Iglesia. Roguemos, pues, por las vocaciones. Y si lo hacemos de verdad, también nosotros responderemos a la vocación a la que el Señor nos llama, y así mostraremos a los otros el camino a seguir. X Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa Administrador Apostólico de Lleida |