¿No era necesario que el Mesías padeciera todo esto, antes de entrar en su gloria? (Lc. 24,26)

 

1 Abril 2007 

Con el domingo de Ramos se inicia la Semana Santa que nos llevará a la celebración del Misterio Pascual, fundamento de toda vida cristiana. Toda la comunidad cristiana está llamada a reunirse para participar en el camino de Jesús, escuchar nuevamente el relato de su Pasión y muerte, proclamar su resurrección, acoger de nuevo a Dios que, en Cristo, nos lleva la salvación, el perdón de los pecados, la prenda de la vida eterna, en la celebración de la Eucaristía. 

No obstante eso, cuando hoy se habla de la Semana Santa parece hacerse referencia a vacaciones, viajes, a disfrutar de unos días libres. Pasa como con muchas otras palabras del vocabulario cristiano que han dejado de expresar, por lo menos de forma suficiente, lo que significan. Pero a pesar de todo, la Semana Santa contiene, aún, una gran dimensión religiosa, como ponen de reflejo los múltiples desfiles procesionales, los vía crucis y otras manifestaciones de una religiosidad popular que crece en la vida de nuestros pueblos. Manifestaciones religiosas que, poco a poco, en los últimos tiempos, se habían ido reduciendo a meras expresiones culturales  con débiles vínculos con la comunidad cristiana. 

Vivimos tiempos de grandes cambios sociales y culturales. Por eso es necesario volver a los fundamentos de la fe cristiana y con esto, recobrar el significado de las palabras en el momento de expresar nuestra fe. En este sentido, hoy no podemos hablar de Semana Santa sin hacer referencia a la celebración del Misterio Pascual. Celebración de la intervención de Dios en nuestro mundo para la salvación de los hombres, que llega a su plenitud en la muerte y resurrección de Cristo. Esta es la Pascua, el paso del Señor, que lleva a Jesús de la muerte a la vida. Y, con Él, a todos los que por la fe y el Bautismo han llegado a ser herederos de este gran don.  

Los días de Semana Santa, a través de las procesiones y, especialmente, a través de la celebración de la fe, estamos llamados a dirigir nuestra mirada hacia el Crucificado. En Él, Dios revela su decisiva voluntad de entrar en nuestro mundo injusto y brutal. De implicarse en él desde dentro y de exponerse, por consiguiente, al rechazo de la libertad del Hombre. La Cruz es la revelación del amor de Dios, que mendiga nuestro amor, que espera nuestra respuesta, porque nos quiere atraer hacia sí para que aprendamos a amar a los hermanos con su mismo amor (Cf. Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma 2007). Una realidad que podemos vivir una vez más esta Semana Santa, tanto si nos quedamos en casa, como si viajamos. Porque allá donde nos encontremos, nuestra fe va con nosotros. 

X Javier Salinas Viñals,

Obispo de Tortosa

Administrador Apostólico de Lleida