No nacemos cristianos

25 Julio 2010

Siempre ha sido así: no nacemos cristianos sino que nos convertimos (Tertuliano), pero eso hoy parece una empresa particularmente compleja porque se ha ido consumando la ruptura entre Evangelio y cultura en la vida social y la irrelevancia social de los cristianos es bien visible: los criterios dominantes en el mundo no suelen hacer demasiada referencia al evangelio e, incluso, los «itinerarios» tradicionales de fe -las familias, la escuela y otros ambientes de socialización- se han convertido en cada vez más frágiles y muy a menudo no se puede presuponer casi nada en lo referente a la educación cristiana de las jóvenes generaciones.

Sin embargo, a todos se nos pide vivir con responsabilidad el propio tiempo y está en esta precisa situación histórica donde somos llamados a vivir «como cristianos», obedeciendo el mandamiento de Jesús de comunicar el Evangelio. A la luz de las afirmaciones del apóstol Pablo, tenemos que vivir este tiempo de crisis para la fe como un tiempo también rico de oportunidades, "tiempo favorable" (2Co 6,2). Por eso, mantener vivo nuestro compromiso se convierte en signo de una gran confianza en Jesucristo, que es nuestra garantía y el fundamento que no cambia nunca: "Yo estaré con vosotros día tras día hasta al fin del mundo" (Mt 28,20). Es una llamada permanente a afrontar las realidades con un nuevo coraje y a comprometerse (con pasión misionera) al "ir a predicar el Evangelio" a las mujeres y a los hombres de hoy en sus propias condiciones de vida y de cultura, teniendo bien claro y haciendo bien visible que nuestro anuncio se concentra y se agota en una gran confesión de fe como la del apóstol Pedro, que continúa día tras día en la historia de la Iglesia: "Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16).

Y el contenido de nuestra fe (y de nuestro testimonio) es la persona misma de Jesucristo. No son ideas abstractas sino actitudes bien concretas. Él es el Evangelio vivo, la Palabra eterna de Dios hecha carne humana. Por eso, nuestra adhesión a Él (el ser cristiano) nace del descubrimiento con Jesucristo y se refiere precisamente a Él, en el secreto de su persona, su palabra, su vida, su misión y su destino.

Proclamamos, pues, y confesamos que Jesucristo y sólo él es el máximo bien. Que nada ni nadie, ni el personaje más importante de la tierra, vale más que Él. Sólo una vida que hace ver esta absoluta novedad y unicidad de Jesucristo, con signos (de gratitud, de alabanza y de esperanza) y al mismo tiempo con opciones y acciones concretas en el día a día, puede dar bastante determinante a la transmisión de la fe.

Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida