El Espíritu que nos mueve a amar

6 Junio 2010

Con motivo del Corpus, como cada domingo, nos reunimos para partir el pan, anunciar la muerte del Señor y proclamar su resurrección. Actualizamos así la Pascua y con la procesión queremos solemnizar "exteriormente" el Amor proclamado y vivido por Jesús como servicio, donación, comunión. Pero es llevando a la práctica esta entrega en favor de los hermanos y haciendo visible el Amor Misericordioso de Dios, cuando tenemos motivos para decir -parafraseando a E. Fromm- "a veces no tengo ninguna razón para el optimismo, pero mi esperanza aumenta día a día".

La Solemnidad de Corpus es una buena ocasión para renovar las "motivaciones fundamentales" de nuestro obrar en favor del prójimo. El reto permanente para los que queremos hacer las cosas al estilo de Jesús será, no solamente ver lo que hacemos sino la manera cómo lo hacemos y el espíritu que nos mueve a hacerlo así.

Os lo decía en la Carta Pastoral programática "Entre todos y para el bien de todos": Ciertamente, la realidad que nos rodea es muy plural y lo tenemos que tener en cuenta, aprendiendo y practicando la pedagogía de Jesús para llegar a poder compartir desde su interior tantas historias de hermanos nuestros que van conversando por el camino de la vida buscando y haciendo preguntas, como aquéllos dos de Emaús (Lc 24,13-35).

Quiero reconocer y agradecer todo aquello que hacen los voluntarios y trabajadores de los servicios de Cáritas, parroquiales y diocesanos, en favor de los hermanos más frágiles de nuestro entorno y también por los que vienen de fuera acogiéndolos y procurando integrarlos. El servicio al hermano -con alegría- es un trabajo admirable que contribuye a construir una sociedad más consolidaría, gratuita y fraterna. Y queremos hacerlo como el Padre Dios que hace llover sobre buenos y malos y ama sin discriminar católicos y ateos, derechas e izquierdas, blancos y de color.

De hecho, en cada Eucaristía, nosotros revivimos que Jesús sigue lavándonos los pies (Jn 13,14-15), alimentándonos con su cuerpo y sangre, y pidiéndonos amar "como él" (Jn 15,12) hasta la muerte y a todo el mundo. Y al repetir el gesto de Jesús en aquella santa noche, la asamblea eucarística parte, reparte y comparte el pan de la fraternidad.

La Eucaristía produce y requiere amor y es el eje del amor fraterno. Por eso pide tener bien claro que la raíz y la savia de la comunidad (1Jn 1,1-3) es la comunión ("koinonía") que el Espíritu va creando en nosotros: que los otros y yo somos amados por Dios; que el Padre Dios nos ama a ti y a mí, y por eso te doy un abrazo y formamos comunidad (no para que seamos amigos o nos caigamos bien). Sólo en la medida en que nos identifiquemos con Jesús iremos descubriendo a los otros como hermanos y nos atreveremos a llamar "Padre" a Dios.

 Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida