¿Bautizamos el hijo?

9 Mayo 2010

A la hora de celebrar un Bautizo sería bueno pensar lo que escribe san Juan: "a quienes les recibieron y creyeron en él les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios," (Jn 1,12). Es como un segundo nacimiento que se realiza y se resume en el signo sacramental del Bautismo y el que lo recibe tendría que vivir teniendo muy en cuenta esta destinación suya de hijo de Dios. De hecho, Jesús dice que hay que nacer de arriba (cfr Jn 3.1-8). Cada bautizado tendría que repetirse muchas veces en su vida: conviértete en lo que eres, hijo de Dios, y vive a la altura que te corresponde.

De hecho, del Bautismo se deriva un modelo particular de sociedad, la de hermanos. Y eso quiere decir reconocernos como tales a partir de la conciencia humilde pero profunda de ser hijos del único Padre del cielo. Los cristianos estamos llamados y capacitados, por la gracia recibida en el Bautismo, para ser como la levadura de 'una nueva humanidad solidaria, pacífica y llena de esperanza.

Claro está que todo eso pide que los bautizados sean educados en la fe de la Iglesia para que no quede infecundo lo que Dios les concede, y tenemos la responsabilidad de puntualizar que la tarea más importante en el Bautismo de los niños la tienen sus PADRES: al decidir el Bautismo de su hijo/a, tendrían que prever un tiempo suficiente para prepararse de manera adecuada (espiritual y catequéticamente), para poder intervenir en la celebración participando allí de manera activa y asumir, delante de Dios y la Iglesia, los compromisos que derivan de su fe y de su misión educativa. Y también los que hacen de Padrinos, que son como una ampliación de la familia de los que reciben el Bautismo: se comprometen a colaborar con los padres para que aquel/lla que apadrinan llegue a profesar personalmente su fe algún día y lo exprese en la realidad de su vida. ¿Cómo podrán asegurar eso si ellos mismos no tienen muy clara la fe y la vida cristiana?

Normalmente, el Bautismo se tiene que celebrar en la propia Iglesia Parroquial, para que se manifieste más claramente como "sacramento de la fe de la Iglesia y de la incorporación en el Pueblo de Dios", que se hace presente y visible en la Comunidad Parroquial.

Es decir: estos niños (y sus familias) tienen derecho a ser acogidos, amados y acompañados (ayudados) por la Comunidad Cristiana, la cual no tan sólo no tiene que ofrecerlos sus servicios catequéticos para su crecimiento posterior, sino su amorosa presencia ya desde el primer momento. La Comunidad Parroquial tiene un papel importante en la vida de los que se bautizan: antes, durante y después de la celebración. En realidad lo que todos queremos es hacer las cosas lo mejor posible.

 Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida