Cuestión de dignidad

21 Febrero 2010

La pregunta sería a qué nos referimos unos y otros cuando utilizamos el término dignidad y lo digo recordando lo mucho que se publicó sobre la dignidad, hace un par de meses, a propósito de asuntos tan dispares como la editorial conjunta sobre la dignidad de Cataluña y sus repercusiones, o el problema de la Sra. Aminatu Haidar -pidiendo salvar su vida "de manera que quede salva su dignidad" -, o la concentración de militares delante del ministerio de Defensa pidiendo una reforma legislativa bajo el lema "Dignidad y derechos".

En los tres hechos citados me llamó la atención la coincidencia, el uso repetido y la defensa de la dignidad como un valor fundamental. Incluso, en el último caso, se reivindicaba un principio: que no prevalezcan los criterios de valoración subjetiva. Una observación que continúo encontrando particularmente apropiada porque en nuestros días parece que hay un interés especial al propagar la doctrina y la praxis de los valores y del bien subjetivos. Como si aquello bueno o malo fuera únicamente fruto de decisiones personales o, al máximo, resultado del consenso o del acuerdo de mayorías. Con razón se habla del relativismo de la cultura actual.

Sin embargo, sabemos que el ser humano, inteligente y libre, posee deseos insaciables de amor y de felicidad, y es capaz de trascenderse y de dominar el mundo en que vive y del que forma parte. Por eso, cuando hablamos de la dignidad humana nos estamos refiriendo a un valor superior con respecto a los otros seres vivos, un valor singular que forma parte de nuestra identidad, que podremos aceptar o rechazar, pero que es algo que pide un respeto incondicional y absoluto en todos los casos.

Es lo que proclamó la Asamblea General de Naciones Unidas, en 1948, aprobando la Declaración Universal de los Derechos Humanos que indica expresamente en el Preámbulo la aspiración de un "mundo en el que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias", un horizonte ético que pide respeto absoluto a la dignidad del ser humano.

En este sentido, los cristianos nos tenemos que sumar al afán por la justicia de los derechos humanos de todos y siempre, aunque no todos compartan la creencia que la dignidad radica en que estamos creados a imagen y semejanza de Dios. El valor de la persona y su dignidad incondicional es una realidad incuestionable a la luz de la fe, y más para los que afirmamos la Encarnación ("Dios-con-nosotros").

La enérgica llamada de San León el Gran "date cuenta, oh cristiano, de tu dignidad..." es aplicable a todos los hijos e hijas de Dios.

Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida