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Contra el hambre, defiende la Tierra 7 Febrero 2010 Cuando se habla de desarrollo sostenible en los documentos eclesiales, habitualmente se hace siempre noticia de la responsabilidad que hay que tener ante la naturaleza, porque está el convencimiento de que la superación de los problemas ambientales presupone una nueva concepción de las relaciones con la creación: repensar posiciones, valoraciones y comportamientos personales. Se nos pide mirarnos la tierra, la naturaleza en general, desde una perspectiva más ética y responsable. Y para los cristianos, incluso, habría que hablar de una mirada contemplativa de la tierra, de todos los bienes creados que son don de Dios. Ciertamente si queremos cuidar y defender la tierra -cómo nos pide expresamente este año la Campaña de Manos Unidas- tenemos que revisar nuestras orientaciones éticas fundamentales (incluso las posibilidades y los límites de la técnica), y situarnos de otra manera en relación a la naturaleza: hace falta una mentalidad económica y de vida que tenga como valor esencial el bienestar social y ecológico y no el máximo consumo posible. Pero aquí topamos con piedra. racias a Dios, nuestra sensibilidad ecológica va aumentando; pero a veces pienso que quizás los telediarios nos van acostumbrando demasiado a hablar sin preocupaciones excesivas sobre el agujero de ozono, la desaparición de bosques, la energía solar o las transformaciones de las materias primas ... Todos sabemos también que el mismo crecimiento industrial, que es un bien, puede venir acompañado de efectos "externos" que se tienen que controlar más y mejor, si queremos dominar sus posibles consecuencias negativas sobre recursos naturales indispensables como el aire y el agua. Se trataría de vivir como un imperativo moral esta necesidad de cuidar (defender) la tierra, convencidos que tiene una relación directa con la erradicación de la pobreza y el hambre, pero eso pide educarnos y educar para un sentido de justicia social que parece ser todavía minoritario. Y sentir en conciencia la necesidad de compartir más y más aquello poco o mucho que tenemos, y llevarlo a la práctica. Tendríamos que convencernos de que el problema del hambre es un problema de moralidad pública, que no resolveremos nunca si no ponemos en cuestión algunas maneras de vivir -sobre todo en nuestro mundo más desarrollado- y los valores que inspiran la convivencia entre pueblos y países. Nos haría muy bien tener siempre presente, de manera agradecida, la preciosa definición de Pablo VI en la Carta Encíclica "Populorum Progressio" (n. 10) sobre el verdadero desarrollo: "Es pasar de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas, para cada uno y para todos". Recibid el saludo de vuestro hermano obispo, X Joan Piris Frígola Obispo de Lleida |