Testigos de unidad

24 Enero 2010

Renovando como cada año experiencias de plegaria ecuménica, hay que tener presente que este testimonio no se reduce a una semana o a un día especial. Siempre, cada día, pedimos al Señor que conceda a su Iglesia la paz y la unidad. Y lo pedimos porque la unidad forma parte del ser de la Iglesia y del quehacer del cristiano. Todos estamos llamados a rogar y a trabajar por la unidad de los cristianos y los miembros de la Iglesia, según las Constituciones Conciliares, tenemos el reto de ser signo e instrumento de la unidad y la reconciliación con Dios y entre los hermanos. Es un don de Dios que lo ha querido para su pueblo constituido como Iglesia, pero también es tarea nuestra de cada día, para mantenernos en fidelidad a Él y en comunión con todos nuestros hermanos que creen en Jesucristo.

Aquello que llamamos ecumenismo -y que hay que distinguir del diálogo interreligioso- encuentra su fundamento en el testamento que nos dejó el mismo Jesús el día antes de su muerte: Que sean uno (Jn 17, 21). El Concilio Vaticano II señaló la promoción de la unidad de los cristianos como uno de sus principales objetivos y como un impulso del Espíritu Santo (cf. Unitatis redintegratio, 1 y 4).

Sabemos que el camino es largo pero lo tenemos que hacer con esperanza y conscientes de que no hay verdadero ecumenismo sin un esfuerzo de conversión interior que nos haga superar diferencias e incomprensiones, malentendidos y prejuicios. Una Iglesia local en la que abunde la espiritualidad de la comunión -cómo os he pedido en la reciente Carta pastoral "Entre todos y para el bien de todos" - sabrá purificarse de las 'toxinas' del egoísmo que alimenta celos, desconfianzas, deseos de autoafirmación o enfrentamientos, y se dará prisa al promover acciones testimoniales en conformidad con el Evangelio de la unidad.

Porque las manifestaciones de buenos sentimientos no son suficientes. Hay que hacer gestos concretos que entren en los corazones y espoleen las conciencias, sabiendo que el ecumenismo no es una elección opcional, sino un deber sagrado para los seguidores de Jesús. En la medida de nuestras posibilidades tenemos que dar a un testimonio común de nuestra fe en un mundo cada vez más secularizado. Y eso pide también, en la situación actual, redescubrir y reforzar los fundamentos de esta fe: hace falta tener y testimoniar una fe firme y consciente en el Dios vivo, uno y trino, en la divinidad de Cristo, en la fuerza salvífica de la cruz y de la resurrección.

Éste es el testimonio que se nos pide en este momento y que, en medio de la oscuridad que vivimos, nos tiene que convertir en luz del mundo (Mt. 5, 14-16), en constructores de paz y de esperanza para toda la Humanidad.

Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida