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Diferentes pero no distantes 17 Enero 2010 En nuestro tiempo, quizás no nos llama ya demasiado la atención el hecho de las migraciones porque forma parte de nuestro entorno habitual, pero ciertamente continúa siendo un fenómeno que afecta en la actualidad a más de doscientos millones de seres humanos en el mundo, y es una experiencia dolorosa para muchos. Ciertamente es una realidad compleja social, cultural, política, económica, religiosa y pastoral, pero nunca tendríamos que acostumbrarnos a contemplar con indiferencia la cantidad de dramas que provoca esta movilidad humana "forzosa" . Ya hace mucho tiempo, el Papa Juan XXIII ("Mater et Magistra") decía que cuando, desgraciadamente, tantos hermanos y hermanas nuestros no pueden vivir en paz y dignidad en su propio país y se ven necesitados de emigrar por la fuerza, tenemos que facilitarles que puedan sentarse en la mesa de la humanidad ... Y años después (2004), un texto del Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes explicaba que el fenómeno migratorio plantea el problema ético de la búsqueda de un nuevo orden económico internacional tratando de procurar una más justa distribución de los bienes de la tierra, y de la visión de la comunidad internacional como una familia de pueblos. Gracias a Dios, nuestras comunidades van mostrando que, si se favorece la acogida fraterna y una integración gradual que vaya facilitando el encuentro y la comprensión y armonizando las diferencias, los emigrantes ofrecen una muy buena contribución a nuestra propia escala de valores demasiado "materializada" y más bien "deficitaria". Os animo a multiplicar "proximidades". El hecho de que los inmigrantes procedan de cultura distinta a la nuestra puede ser ocasión de enriquecimiento mutuo creando espacios para intercambiar experiencias y aprender los unos de los otros. Por eso hay que reconocer su aportación, no solo tolerarla, y favorecer así una fraternidad más y más evangélica. Que puedan sentirse acogidos cuando se acercan a una comunidad parroquial particular y no tengan que convertirse en una especie de "oveja perdida" o abandonada ... Que no sea nunca un impedimento el hecho de hablar una lengua diferente a la nuestra o seguir costumbres diferentes a las nuestras. Ante los inevitables conflictos provocados por diferentes motivos, incluidos los recelos y desconfianzas, los seguidores de Jesús tenemos que contribuir a la construcción de un mundo que sea capaz de poner más el acento en las coincidencias que en las diferencias. Éstas no tienen que ser nunca un obstáculo absoluto. Es más, cuando hablamos de "catolicidad", estamos afirmándolas, las diferencias, como una riqueza que nos abre a horizontes universales. Recibid el saludo de vuestro hermano obispo, X Joan Piris Frígola Obispo de Lleida |