Una aventura apasionante

13 Diciembre 2009

La vocación al sacerdocio ministerial es un don que llena de estupor y al mismo tiempo de alegría, una aventura que sorprende antes que nadie a los mismos que hemos recibido la llamada y que hemos tenido que prepararnos adecuadamente para una misión ciertamente exigente: ser apóstoles de Jesucristo, mensajeros de su Evangelio, cosa que hace más y más urgente la necesidad de conocerlo e imitarlo.

El tiempo de preparación al ministerio pide mucha escucha para discernir la voz del Señor y requiere vivir en un clima de silencio, con momentos fuertes de oración personal y comunitaria, de liturgia vivida, de meditación de la Palabra y de adoración eucarística. Es aquello que quieren favorecer los años de Seminario, al mismo tiempo que permiten dedicar muchas horas al estudio, al diálogo y a la convivencia que ayuda a ir construyendo al hombre de Dios lo que un sacerdote está llamado a ser y que la gente espera que sea. Este aspecto comunitario es muy importante porque en su misión pastoral tendrá que actuar "en comunión" con los hermanos sacerdotes que cuidan de la comunidad con el obispo, y también unidos como miembros del mismo cuerpo con todo el resto de bautizados.

Cómo he podido expresamente en la reciente Carta Pastoral, que quiere orientar este curso la vida de la Iglesia de Lleida, el criterio de actuación tendría que ser siempre hacer las cosas "entre todos y para el bien de todos," haciendo posible así una experiencia eclesial que favorezca y facilite una fraternidad más viva y solidaria, en coherencia con la visión conciliar de Iglesia - comunión. Eso pide volver a las fuentes de la propia vocación y de la propia respuesta y comprometerse cada vez más con la formación permanente en todas las edades. Puede parecer que la vida del sacerdote no despierte demasiada atención a la gente pero no es así, tal vez porque se espera de nosotros que mostremos y hagamos presente la plenitud de vida a la que todos aspiramos.

Es verdad que aquello que constituye el núcleo y centro vital del servicio sacerdotal es la Eucaristía, que es la presencia real en el tiempo del único y eterno sacrificio de Cristo, representación real y eficaz del Sacrificio redentor, fuente y cima de la vida cristiana y de toda la evangelización. La centralidad del sacrificio eucarístico en la vida de la Iglesia está fuera de discusión. Estará en el altar donde los sacerdotes tenemos que aprender a unirnos íntimamente a la ofrenda de Cristo, poniendo en Él totalmente nuestras vidas, como signo que expresa el amor gratuito de Dios.

Recuerdo haber leído una afirmación que venía a decir: el sacerdote empieza a celebrar misa con el pan de su propia vida, dándose a sí mismo en espíritu y en verdad. Esta oblación existencial forma parte de nuestra identidad y del testimonio que tenemos que ofrecer cada día a los fieles que nos han sido confiados. Somos bien conscientes.-  Rogad por nosotros!

Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida