|
Hacer visible el Evangelio del amor 29 Noviembre 2009 Los cristianos empezamos un nuevo año litúrgico con la mirada puesta en la Navidad y con la voluntad de compartir fraternalmente más y más, renovando la opción por aquel nuevo humanismo pedido por el Concilio Vaticano II cuando dice que la persona queda definida principalmente por su responsabilidad hacia los otros (GS 44, 45). Para los cristianos, la fraternidad no es una opción más: es una opción evangélica que supone comprometerse a favor de la "civilización del amor" (Juan Pablo II), respetando la diversidad y poniendo en común esperanzas, trabajo, oración y la alegría de creer y compartir, de sentirse y ser parte de un mismo cuerpo. Si la perfección del ser humano está en la capacidad de encuentro (Mounier), en la comunicación y en la relación con el otro y con los otros, tenemos que generar una "convivencia" fundamentada en un amor oblativo y gratuito, que favorezca vivir superando las diferencias y la diversidad de dones, y nos empuje a dar testimonio explícito de solidaridad con los débiles. La situación de necesidad en que viven muchos de nuestros contemporáneos es un escándalo contrario a la voluntad de Dios (Deut 15,4.7). "No digáis que es voluntad de Dios que vosotros permanezcáis en una situación de pobreza y enfermedad, en una vivienda contraria a vuestra dignidad de personas humanas. No digáis: ¡es Dios quien lo quiere"! (Juan Pablo II en Brasil, 1980). Gracias a Dios, en nuestras tierras abunda el voluntariado y, en muchos casos, las personas que más dura y sacrificadamente trabajan contra la enfermedad, la marginación, la miseria, la ignorancia y cualquier otra forma de esclavitud son gente de iglesia que vive en relación con el espíritu de Jesús de Nazaret y se entrega con la humildad de la levadura (que desaparece en la masa sin dejar rastro), olvidándose de sí mismo y trabajando con cualquiera que persiga objetivos parecidos. Preocupémonos, pues, de dar testimonio llevando una vida sobria, distinguiendo entre bienes necesarios y bienes superfluos, y compartiendo sistemáticamente y con generosidad. Pongamos nuestros bienes al servicio y a disposición de los hermanos más necesitados, haciéndolos fructificar para utilidad común y/o desprendiéndonos para el bien de otros. El ejercicio de la misericordia se tiene que traducir en servicio activo (Lc 10, 32-33; Jaume 2,15ss). La Iglesia es una comunidad de "convertidos" que deciden seguir a Jesús llevando una vida según el Evangelio. Y como no basta con actitudes puramente interiores y espirituales, se exige a todo cristiano tomar partido y proclamar con palabras y obras, sin separar religión y vida, que la fe en el Dios de Jesús es fuente y garantía de la realización de las personas y de la humanización de la sociedad. Eso nos pide al mismo tiempo confesar a Dios públicamente en la convivencia ciudadana e implicarnos en la defensa y promoción de los derechos humanos, con el riesgo de provocar rechazo (TDV 23), como le pasó al mismo Jesús. Recibid el saludo de vuestro hermano obispo, X Joan Piris Frígola Obispo de Lleida |