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Encontrar a Dios en el silencio de la oración 12 Julio 2009 Quienes hemos nacido cerca del mar vivimos de una manera particular la conmemoración de la Virgen del Carmen cada 16 de julio, una celebración que pasó al calendario universal de la Iglesia en 1726 y, después, en 1901, asumió un patronazgo sobre la marina española que se ha extendido a todas las agrupaciones relacionadas con el mar, como las cofradías de pescadores. Los marineros, antes del tiempo de la electrónica, dependían de las estrellas para marcar su rumbo en el inmenso océano. De aquí la analogía con la Virgen quien como, estrella del mar, nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo. La montaña del Carmelo, en la costa oriental mediterránea, en el puerto de Haifa, tiene en su falda muchas cuevas naturales, predilectas de los eremitas, entre los cuales el profeta Elías (s.IX antes de Cristo) y otros testigos que seguían dedicándose a la oración y alabanza a Dios (1Re 19, 41-46). Elías defendió la pureza de la fe en el Dios único y verdadero contra la contaminación de los cultos idolátricos. Inspirándose en su figura, surgió a finales del siglo XII la Orden contemplativa de los "carmelitas" que han difundido en el pueblo cristiano la devoción a la Virgen del Carmen, proponiéndola como modelo de oración, contemplación y dedicación a Dios. Como dice el Papa Benedicto XVI: "María, antes de que cualquier otro y de manera insuperable, creyó y experimentó que Jesús, Verbo encarnado, es la cima del encuentro del hombre con Dios (...) ¡Que María ayude a cada cristiano a encontrar a Dios en el silencio de la oración"! En María empieza la humanidad re-creada, aunque eso no quiere decir que se haya superado ya todo tipo de pecado. Por propia experiencia sabemos bien que no es así. Hasta que aquello que el evangelio nombra "el Reino" no será una realidad llena, todavía estamos en camino..., pero la Victoria está asegurada desde que el Señor ha vencido en la Pascua mostrando que el mal y la muerte no tienen la última palabra. Por eso, los seguidores de Jesús se presentaron en público como "testigos" de su resurrección (1Cor 15) y ahora y siempre somos llamados a sembrar esperanza en el mundo, a nuestro alrededor y en el campo concreto donde vivimos, impulsando proyectos de transformación de las personas y de la sociedad. El nuestro es un tiempo de prueba y de gracia, pero nuestra acción evangelizadora tiene que estar sostenida por una esperanza más fuerte que cualquier desencantamiento y descalabro. Nuestra esperanza es 'certeza' fundada sobre la promesa de Dios que nos asegura que la historia se orienta hacia "cielo nuevo y tierra nueva" (Ap 21,1). Esta certeza es la que nos tiene que quemar por dentro y tiene que sostener nuestro testimonio en la Iglesia y en el mundo. Pero, por eso, tenemos que fiarnos más de Dios. «Salta de gozo, alégrate Sión, porque yo vengo a habitar en medio de ti. (...) Aquel día, numerosas naciones se incorporarán al Señor, se harán pueblo mío; yo habitaré en medio de ti, y sabrás que el Señor todopoderoso es quien me ha enviado a ti..» (Zac 2, 14-17). Mirando a María, Madre de Jesús, confiando en la ayuda de su intercesión maternal, pedimos la gracia de vivir nuestra misión en el mundo, como peregrinos de la esperanza y testigos creíbles de la caridad y la fe. Recibid el saludo de vuestro hermano obispo, X Joan Piris Frígola Obispo de Lleida |