Acompañando a los enfermos

28 Junio 2009

En plena experiencia de peregrinación en Lourdes con la Hospitalidad Leridana vuelvo a pensar que, diariamente, experimentamos demasiados tipos de sufrimiento y dolor que acompañan la vida de tantas personas, aunque estamos llamados a la felicidad. Todos compartimos el deseo y la necesidad de obtener la liberación de este peso y, cuando menos, poder entender su sentido cuando no podemos salir.

También es cierto que, cuando nos acercamos a la enfermedad y al dolor, recibimos muchas lecciones de vida que tendríamos que saber aprender y guardar en el corazón. Nos damos cuenta de que la vida humana, la nuestra y la de los otros, no es un bien del que podemos disponer sino un tesoro a custodiar con mucho cuidado. Y nos hacen falta mucha atención y respeto porque, habitualmente, ante el padecimiento de los enfermos o de los que sufren por cualquier circunstancia no resulta fácil encontrar el valor suficiente o la paciencia necesaria para afrontar la fragilidad. En el ámbito puramente humano no es sencillo encontrar respuestas adecuadas, porque el sentido del dolor, de la enfermedad y de la muerte, se nos escapa, más allá de la luz que nos puede dar la fe. Hay muchos que preguntan, incluso, cómo percibir en estas situaciones tan difíciles el amor misericordioso de Dios, que nunca abandona a sus hijos.

Es en el Nuevo Testamento donde encontramos una respuesta plena a la pregunta de porqué la enfermedad hiere también al hombre justo. Jesús, en su vida pública, mantiene una relación constante con los enfermos (Mt 9, 35; cf. 4, 23) y sus curaciones son 'signo' de su misión mesiánica (Lc 7, 20-23) manifestando la victoria del Reino de Dios sobre todo tipo de mal y convirtiéndose así en símbolo de la curación integral del hombre, cuerpo y alma. En lenguaje bíblico diríamos que son signo de los bienes salvíficos, como lo ha sido la curación del paralítico de Betzatá (Jn 5) y del hombre que había nacido ciego (Jn 9).

Es habitual en las narraciones evangélicas ver que muchos enfermos se dirigen a Jesús implorando la restitución de la salud, directamente o mediante amigos o parientes. Él acoge estas súplicas, y los Evangelios no hacen la mínima crítica ante estas peticiones.

Constatando de qué manera tan edificante muchos enfermos aceptan su situación, ofreciéndola al Señor por mediación de María, también es lícito su deseo de obtener la curación. Eso es bueno y profundamente humano, especialmente cuando se traduce en la plegaria confiada a la cual nos anima el mismo texto sagrado: "Hijo mío, si estás enfermo no te desanimes; ruega al Señor y él te curará (Si 38, 9). Hay también bastantes salmos que son oraciones de súplica para la curación.

Obviamente, el recurso a la oración no excluye, sino que al contrario anima a usar los medios naturales para conservar y recuperar la salud, y también a cuidar a los enfermos y aliviarlos en el cuerpo y el espíritu tratando de vencer las debilidades.

Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida