¿De qué solidaridad hablamos?

21 Junio 2009

Hemos celebrado el Corpus, "festividad de la caridad", contemplando a Jesús ejemplo supremo de solidaridad con los hombres. Según San Pablo la ley de Jesús es la solidaridad (Gal. 6,2).

¿En qué consiste la solidaridad? En la encíclica "Solicitudo Rei Socialis" de Juan Pablo II se define así: "no es un sentimiento de huelga compasión o ternura superficial por los males de tantas personas, próximas o lejanas. Es, al contrario, la determinación firme y perseverante de comprometerse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos" (SRS 380). Y no es solamente una actitud moral y social (ética), es también una virtud cristiana. Para el cristiano, la solidaridad es una tarea que se pone en conexión incluso con la misión de la Iglesia, signo y sacramento en medio del mundo, tal como había sido formulada por el Concilio Vaticano II (LG l).

La solidaridad nos ayuda a mirar al otro, no como un instrumento a explotar a poco precio y abandonándolo cuando ya no sirve, sino como alguien "semejante" a nosotros. A la luz de la fe, la solidaridad se reviste de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación. Mira al prójimo no tan sólo como un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino como imagen viva de Dios (SRS 40). Si verdaderamente partimos de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en aquéllos con los que él mismo ha querido identificarse: "iba desnudo, y me vestisteis; estaba enfermo, y me visitasteis; estaba en la prisión, y vinisteis a verme" (Mt. 25, 3636). Y Juan Pablo II comentaba: "Esta página no es una simple invitación a la caridad. Es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página la Iglesia comprueba su fidelidad como esposa de Cristo no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia" (NMI 49).

En el pensamiento eclesial, la solidaridad es una concreción de la caridad, una exigencia directa de fraternidad humana y sobrenatural que se proyecta hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada uno.

Los graves problemas socio-económicos que vivimos piden crear nuevas fuentes de solidaridad: la de los ricos con los necesitados, pero también la de los pobres entre ellos mismos, la de los mismos trabajadores entre ellos. No es con una utopía como venceremos los odios, los resentimientos y las miserias que vamos acumulando, sino con el cumplimiento eficaz de nuestros deberes sociales. Eso es solidaridad: El deber de todos para todos, la responsabilidad moral. Todos, personas particulares, grupos, comunidades, asociaciones y organizaciones, participamos en la vida económica, política y cultural, y tenemos que superar el individualismo y favorecer que cada uno contribuya al bien común de la sociedad, a todos los niveles.

El bien común tiene que estar siempre por encima del interés privado y es inseparable del bien de la persona humana, del bien integral que implica todo el hombre, es decir, tanto las exigencias del cuerpo como las del espíritu. Y si queremos desarrollar los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, tenemos que saber también respetar su componente moral, en el marco de la solidaridad y de la libertad, sin sacrificar nunca la una en la otra.

Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,

X Joan Piris Frígola

Obispo de Lleida