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De profesión, Servidores 31 Mayo 2009 Este domingo, la Iglesia de Lleida vivirá un acontecimiento gozoso: dos de sus miembros recibirán el sacramento del Orden en el grado de Diáconos. Será una ocasión inmejorable para revivir (ellos y nosotros) la experiencia de Pentecostés que dio principio a la acción misionera de la Iglesia bajo la fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos. Os invito a participar viviendo esta ordenación de diáconos como una llamada a un mejor seguimiento de Jesús, el Servidor de Jahvè. En virtud del Bautismo y de la Confirmación, cada cristiano es llamado a ser testimonio del Evangelio. Pero Dios ha invitado siempre a cada uno, con vocación especial, a una entrega total de sí mismo a la causa del Reino. Una cosa tendremos que tener bien clara: el sentido del sacramento del diaconato no se tiene que reducir a una cuestión de aquello que puede o no puede hacer aquél que lo recibe. El diácono es un signo-persona, a través del cual el Hijo de Dios encarnado, que pasó haciendo el bien, que vino para servir y para entregar su vida por la redención de la humanidad, se manifiesta de manera particular y nos invita a hacer presente de manera significativa su misma vocación de servicio a Dios y a los hombres. Los diáconos son ordenados "no para el sacerdocio", es decir para ofrecer en nombre de Cristo el sacrificio eucarístico, "sino para servir" (LG 29), tanto en la liturgia como en la predicación y en la pastoral de la caridad. Son los "encargados de la diaconía de Jesucristo" (S. Ignacio de Antioquía). Pueden alcanzar diferentes funciones: proclamar la SS EE, instruir al pueblo, bautizar, distribuir la Eucaristía, bendecir el matrimonio, celebrar exequias, guiar asambleas de plegaria, promover iniciativas de caridad, animar sectores de pastoral o pequeñas comunidades eclesiales, gestionar la administración ... Pero más allá de las actividades concretas, la misma presencia del diácono es un don, en tanto que constituye un signo sacramental de Cristo servidor y promueve la vocación a servir común a todo el pueblo de Dios. En nombre de Cristo y con la gracia de su Espíritu, los diáconos sirven e incitan a servir. Recuerdan también los otros dos grados de la orden sagrada (sacerdotes y obispo) que su misión es un servicio (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 880-887). En la homilía que ofrece al obispo el Ritual de la ordenación de diáconos hay estas palabras: "No os dejéis arrancar la esperanza del Evangelio, al que habéis no sólo escuchar, sino además servir". Y al entregar el obispo el libro de los Evangelios al diácono ya ordenado le dice: "Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido hecho mensajero; y cree lo que lees, enseña lo que crees y practica lo que enseñas". Leer, creer, enseñar y practicar describen el itinerario del Evangelio en la vida y el ministerio de los diáconos. Pedimos para ellos y para todos los cristianos la gracia de ser y vivir con este espíritu como María de Nazaret, la sirvienta del Señor (Lc 1,38) Recibid el saludo de vuestro hermano obispo, X Joan Piris Frígola Obispo de Lleida |