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La vida humana es siempre un bien 22 Marzo 2009 Los científicos continúan profundizando en todos los terrenos y hacen muy bien. Eso es lo que nos mandó Dios a todos los humanos desde el primer momento: "Sed fecundos" (Gen 1,27). Pero hay temas de una complejidad tal que haríamos mejor todos en no simplificarlos tan fácilmente y, sobre todo, intentar tratarlos con un máximo de respeto. Pienso en aquellas cuestiones que afectan a "la vida humana", un tema fascinante pero muy difícil y extremadamente delicado: que todos tendríamos que afinar mucho al poner en relación los datos científicos y experimentales y la reflexión sobre los valores antropológicos que necesariamente son constitutivos. Seguramente es un tema que nos supera a muchos de nosotros. El Papa Benet XVI decía hace un par de años que ciertamente el origen de la vida podrá iluminarse cada vez más gracias a la investigación científica, pero difícilmente se podrá descifrar del todo, porque fuera de los umbrales del método experimental, donde no basta o no es posible la percepción sensorial ni la verificación científica, inicia la aventura de la trascendencia, el compromiso de "ir más allá", acordándonos de que la Biblia muestra el amor de Dios por cada ser humano, antes incluso que sea formado en el sí de la madre, afirmaba que "el amor de Dios no hace distinciones entre el ser humano nuevo concebido y que se encuentra en el seno de la madre, y el niño, o el joven, o el hombre maduro o el anciano, porque en cada uno de ellos ve la huella de la propia imagen y semblanza". Y añadía que este tipo de amor ilimitado y casi bien incomprensible de Dios por el ser humano revela hasta qué punto la persona humana es digna de ser amada en sí misma, independientemente de cualquier otra consideración (inteligencia, belleza, salud, juventud, integridad, etc); enfatizando que en el ser humano, en cada ser humano, en cualquier fase o condición de su vida, resplandece un reflejo de la misma realidad de Dios. Por esta razón, el magisterio de la Iglesia ha proclamado constantemente el carácter sagrado e inviolable de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural. En nuestro país se tendrían que disparar todas las alarmas ante el sacrificio permanente de vidas humanas (legal o legalizado). Desgraciadamente, en Cataluña hay un alto porcentaje según datos estadísticos publicados y nuestra conciencia moral pide alternativas más allá de un mejor control de las clínicas o de nuevas reformas legislativas. "Para que una ley sea justa no tan sólo tiene que estar de acuerdo con la legalidad, hace falta que se fundamente en unos valores y principios que la legitiman, sin los cuales no será una verdadera ley ... Una ley de plazos que dejara al azar de la madre la voluntad de no abortar nunca podría ser legítima" (Mª Dolores Vila-Coro, Directora de la Cátedra de Bioética y Biojurídica de la Unesco). Aunque hay quien piensa que es una conquista en favor de la mujer, acabar con la vida de un ser humano (y en el caso de un aborto, un ser humano indefenso e inocente) nunca puede ser un derecho. Lo puede ser su despenalización en algunos casos, pero nunca el aborto. Basta mirarse atentamente una ecografía para darse cuenta por qué la embriología y la fisiología descartan totalmente que el hijo sea una parte del cuerpo de la mujer que ni ella ni nadie tenga derecho a eliminar. Recibid el saludo de vuestro hermano obispo, X Joan Piris Frígola Obispo de Lleida |